Esther Shabot - La Kehile

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La soberbia del príncipe saudita.

Un grave escándalo conmociona alianzas políticas internacionales establecidas. Se trata del caso Jamal Khashoggi, periodista saudita con residencia en Estados Unidos y colaborador del Washington Post.

El 2 de octubre pasado, este hombre entró al consulado saudita en Estambul con objeto de realizar trámites relacionados con su próximo casamiento con su prometida, una mujer turca que no ingresó con él al recinto, sino que lo esperó afuera. Khashoggi nunca volvió a ser visto, a pesar de que hay un video que registra su entrada. La versión sostenida por autoridades turcas es que fue asesinado adentro y su cuerpo, de algún modo, desaparecido. Yasin Aktay, asesor del presidente turco Erdogan, ha señalado que posee información de que 15 sauditas llegaron poco antes a Estambul y se sospecha que estarían implicados en el asesinato.

Sin poder llegar aún a conclusiones precisas, todo parece indicar que el motivo del presunto crimen tendría que ver con el hecho de que Khashoggi era un periodista crítico hacia el régimen saudita, encabezado de hecho, desde hace poco más de tres años, por el príncipe Mohammed bin Salman, a quien en los medios han dado en denominar simplemente como MBS. El homicidio pretendería no sólo deshacerse de un personaje incómodo, sino también enviar un mensaje claro de que cualquier deslealtad dentro de las élites políticas sauditas no será tolerada, ni siquiera en territorio extranjero.

El príncipe MBS, de tan sólo 33 años de edad, ya había dado muestras de estar determinado a imponer su mando y su visión de manera absoluta. Durante los primeros meses posteriores a la decisión de su padre de conferirle la sucesión, procedió a la aprehensión masiva de miembros de la casa real y poderosos hombres de negocios, a quienes mantuvo por meses “presos” en el Ritz Carlton de Riad, bajo la acusación de diversos actos de corrupción y fraude. Algo insólito en la vida de la monarquía saudita. Los inculpados tuvieron que comprar su libertad a un alto precio económico y, por supuesto, quedaron advertidos de quién manda en el país.

Otras situaciones más revelaron que MBS se asumía como un gobernante destinado a revolucionar la tradicional vida del reino. Planteó su proyecto Visión 2030, centrado en modernizar muchos aspectos de la economía saudita para dejar de ser un monoproductor de petróleo e incursionar en otras áreas. Incluso, dio la impresión de que se tomaba en serio la modernización cuando permitió a las mujeres conducir automóviles y asistir a estadios deportivos como espectadoras, cuestiones largamente demandadas por el público femenino de Arabia.

Sin embargo, tras esa fachada de apertura, MBS mantiene aún en prisión domiciliaria al expríncipe heredero, Muhamad bin Nayef; ha detenido a mujeres disidentes que se atrevieron a protestar en público, condenando a muerte a una de ellas; pretende ejecutar a una prominente figura religiosa por haberse opuesto al boicot saudita a Qatar; y reaccionó indignadamente cuando Canadá criticó algunas de estas violaciones a derechos humanos, expulsando al embajador canadiense y cancelando acuerdos comerciales y de cooperación.

Tal vez la empresa más censurable llevada a cabo por MBS ha sido la de la intervención saudita en la guerra de Yemen, causante de una de las más graves crisis humanitarias en la actualidad. La Marina Real Saudita lleva 40 meses bloqueando puertos yemenitas con las consiguientes hambrunas y epidemias. El costo del bloqueo, aunado al de las miles de operaciones aéreas destinadas a aplastar a población y fuerzas rebeldes hutíes de Yemen, es de 50 mil millones de dólares anuales. Todo esto sin que despunte en el horizonte la posibilidad de que esa dramática, pero, por lo general, ignorada guerra, llegue a su fin.

Aunque en muchas partes del mundo ha escandalizado la desaparición de Khashoggi, el asunto ha impactado, sobre todo, en Turquía, donde los hechos ocurrieron, y en Estados Unidos, por ser el periodista residente de ese país, además de colaborador del Washington Post. En el Congreso y el Senado estadunidenses se han levantado voces indignadas para condenar el hecho y presionar para que se castigue de algún modo al soberbio MBS, quien con tal desfachatez está rompiendo reglas básicas del comportamiento internacional. No obstante, se mira improbable que algo fuerte suceda al respecto porque, como lo ha afirmado Trump hace un par de días, “no podemos perder el negocio de nuestro abasto de armas a los sauditas que nos aporta 110 mil millones de dólares”.  Como se dice coloquialmente, business is business.

 
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