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Los restos de Shimon y Rivka Herzl fueron trasladados desde Serbia para ser sepultados en el Monte Herzl. En una ceremonia cargada de simbolismo histórico, el presidente Isaac Herzog recordó que el proyecto sionista no terminó con la creación del Estado de Israel y lanzó un mensaje para el presente: “Después de cada victoria militar, debe venir la diplomacia”.
Más de un siglo después de que Theodor Herzl imaginara un Estado para el pueblo judío, una historia familiar iniciada en Europa cerró simbólicamente uno de sus círculos en Jerusalén.
Los restos de Shimon y Rivka Herzl, abuelos de Theodor Herzl, fundador del sionismo político moderno, fueron trasladados desde un cementerio judío de Belgrado, Serbia, hasta Israel para recibir sepultura en el Monte Herzl, junto a su nieto.
La ceremonia de Estado, realizada el 5 de agosto de 2026, tuvo inevitablemente una dimensión histórica. Pero el presidente de Israel, Isaac Herzog, decidió llevarla también al presente.
Frente a la tumba del hombre que convirtió una aspiración milenaria en un proyecto político, Herzog evocó no solamente a Herzl, el visionario, sino a Herzl, el estadista.
Y desde allí formuló una reflexión directamente relacionada con el Israel contemporáneo.
“Mientras estamos aquí, después de casi tres años de guerra en múltiples frentes, es a Herzl el estadista a quien debemos mirar”, afirmó.
“Después de cada victoria y logro militar, deben venir la diplomacia y el arte de gobernar. Debemos garantizar la seguridad de Israel bajo cualquier circunstancia, pero no existe una victoria completa sin la diplomacia que viene después”.
Theodor Herzl comprendió algo fundamental para la historia del movimiento sionista: que la aspiración judía de regresar a Sion necesitaba transformarse también en un proyecto político.
Periodista, escritor y dirigente, dedicó los últimos años de su corta vida a conseguir reconocimiento internacional para la creación de un hogar nacional judío. Recorrió capitales, sostuvo encuentros con gobernantes y diplomáticos y convocó en 1897 el Primer Congreso Sionista en Basilea.
Después de aquel encuentro escribió una de las frases más célebres de la historia del sionismo: “En Basilea fundé el Estado judío”.
Herzl murió en 1904, 44 años antes de la creación del Estado de Israel.
En su testamento dejó expresado su deseo de que sus restos y los de su familia inmediata fueran trasladados al Estado judío cuando este llegara a existir.
En 1949, un año después de la independencia, sus restos fueron llevados desde Viena a Jerusalén y sepultados en la colina que desde entonces lleva su nombre: Monte Herzl.
Décadas después, aquella voluntad familiar continuó cumpliéndose.
Ahora, con el traslado desde Belgrado de Shimon y Rivka Herzl, Israel incorpora a sus abuelos a ese espacio nacional de memoria.
El viaje de los restos de Shimon y Rivka posee una poderosa dimensión simbólica.
Pertenecieron al mundo judío europeo del siglo XIX, anterior al nacimiento del movimiento sionista organizado. Su nieto viviría en una Europa en la que la emancipación de los judíos coexistía con un antisemitismo cada vez más visible y llegaría a la conclusión de que el pueblo judío necesitaba soberanía política.
Los abuelos fueron enterrados en Europa.
El nieto soñó con Jerusalén.
Y generaciones después, sus restos llegan al Estado cuya existencia ellos nunca conocieron, pero que su descendiente contribuiría decisivamente a imaginar.
La ceremonia convierte así una historia genealógica en una metáfora de la propia historia sionista: Europa, Herzl, el retorno y Jerusalén.
Herzog recordó durante su intervención que el deseo de Herzl de ser enterrado algún día en el Estado judío pudo cumplirse.
Pero distinguió aquel testamento personal de otro mucho mayor.
“Hoy completamos el cumplimiento de ese deseo”, señaló el presidente. “Pero su verdadero y más grande testamento (construir el Estado judío) continúa todavía, y una tarea grande y de enorme peso permanece en nuestras manos”.
La frase adquiere particular significado en el Israel de 2026.
Después de casi tres años de guerra en distintos frentes, Herzog utilizó la figura de Herzl para recordar que la supervivencia y la fortaleza militar constituyen solamente una dimensión de la construcción de un Estado.
Herzl no comandó ejércitos. Hizo política.
Buscó interlocutores, construyó relaciones internacionales, negoció y trató de convertir una idea aparentemente imposible en una posibilidad diplomática.
Por eso, al invocarlo en el Monte Herzl, el presidente israelí no habló únicamente del pasado.
Su mensaje miraba hacia el futuro.
La afirmación de Herzog, “no existe una victoria completa sin la diplomacia que viene después”, introduce una cuestión central para Israel: qué debe ocurrir después de los logros obtenidos en el campo de batalla.
La seguridad, sostuvo, debe garantizarse “bajo cualquier circunstancia”. Pero la fuerza militar requiere posteriormente decisiones políticas capaces de transformar esos logros en una realidad sostenible.
No deja de ser significativo que ese mensaje haya sido pronunciado precisamente junto a Herzl.
Porque si algo caracterizó al fundador del sionismo político fue su convicción de que los grandes acontecimientos históricos no dependen únicamente de la voluntad o de la fuerza, sino también de la capacidad de convertirlas en estrategia.
Quizá por ello, el entierro de Shimon y Rivka Herzl terminó siendo mucho más que el traslado de dos restos mortales desde Belgrado hasta Jerusalén.
Fue el encuentro entre varias generaciones de una misma historia.
Los abuelos que murieron antes de que el sionismo político existiera.
El nieto que imaginó un Estado que no alcanzó a conocer.
Y un presidente israelí que, 122 años después de la muerte de Herzl, recordó que aquel proyecto todavía exige algo de cada generación.
Herzl soñó con construir un Estado judío. Israel existe. La pregunta que permanece abierta y que Herzog colocó nuevamente sobre la mesa en Jerusalén es cómo seguir construyéndolo.
