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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronunció un discurso en el que defendió las operaciones militares de su país, reivindicó la alianza con Estados Unidos y acusó a gobiernos y organismos internacionales de mantener una actitud hipócrita frente a las amenazas contra Israel.
Señor presidente:
Antes de comenzar, un breve anuncio:
Si queda en esta sala algún otro cobarde moral que todavía no se haya marchado, le ruego que lo haga ahora.
Muchas gracias.
Señoras y señores:
Hace catorce años me presenté ante esta tribuna y tracé una línea roja.
Me comprometí a impedir que la dictadura asesina de Irán desarrollara bombas atómicas, armas nucleares destinadas a destruir a Israel, armas nucleares capaces de amenazar al mundo entero.
Eso fue exactamente lo que hicimos.
Ahora voy a decir algo que tal vez los sorprenda.
Devastar las instalaciones nucleares de Irán fue difícil. Muy difícil. Pero, para mí, fue una de las decisiones más fáciles que he tomado como primer ministro. Porque, si no lo hubiéramos hecho, todos estaríamos muertos.
¿Quieren escuchar la mayor ironía?
Al defenderse, Israel también defiende a muchos de los países cuyos delegados acaban de abandonar esta sala.
De hecho, quiero que sepan que muchos de sus dirigentes incluso nos agradecen en privado haber eliminado las armas nucleares de Irán.
Es difícil imaginar una hipocresía más asombrosa, pero eso es precisamente lo que ocurre.
No es la primera vez que enfrentamos una amenaza de aniquilación.

El 5 de junio de 1967, Israel estaba rodeado de enemigos que juraban abiertamente destruirnos.
Por entonces no estábamos en Judea y Samaria, el corazón de la patria histórica del pueblo judío. No estábamos en Gaza. No estábamos en los Altos del Golán.
Y, señor Ashara, debe saber que los judíos han estado en los Altos del Golán desde los tiempos de Moisés. Puede leerlo en la Biblia.
En aquel momento, en vísperas de la Guerra de los Seis Días de 1967, no estábamos en ninguno de esos lugares. Estábamos en una diminuta franja de tierra —y seguimos estándolo— equivalente a cerca de un tercio del uno por ciento de la superficie del mundo árabe.
Y, sin embargo, acusan a Israel de colonialismo. Vaya colonialismo.
¿Y quiénes nos acusan? Entre ellos hay personas de Gran Bretaña y Francia. Por Dios, ellos inventaron el término. Sus colonias abarcaron todo el planeta.
Colonialismo… Por favor… Otra mentira.
Sin embargo, en aquel momento, en ese diminuto rincón de la Tierra, sin Cisjordania, sin Gaza y sin los Altos del Golán, estaba en juego la supervivencia misma del único Estado judío. Porque de eso se trata este conflicto. No se trata de territorios, sino de un Estado judío, sean cuales sean sus fronteras. Y, aun entonces, tres ejércitos árabes que estaban a punto de invadirnos amenazaban con aniquilarnos.

¿Saben qué hacían los israelíes en ese momento? Cavaban fosas comunes en previsión de miles y miles de víctimas. Se preparaban para enterrar a sus muertos.
Por entonces yo era un estudiante israelí de secundaria en Filadelfia, Pensilvania.
Cinco días antes de que estallara la guerra, regresé en avión a Israel.
Encontré un país en completa oscuridad.
Israel se preparaba para recibir el golpe.
Había regresado para ver a mi hermano Jonathan, Yoni.
Tenía 21 años y era oficial paracaidista. Como el resto del ejército, su unidad ya había sido movilizada. Fui a buscarlo. Me dijeron que los paracaidistas estaban acampados entre los huertos de naranjos cercanos a Ramle. Fui allí y pregunté a algunos soldados: «¿Saben dónde está Yoni Netanyahu?». «No». «No». Entonces uno dijo: «Ah, ¿te refieres al muchacho? Sí, está en el siguiente huerto».
Fui hacia allá y, de pronto, al final de una larga hilera de árboles, vi a mi hermano.
Quedó absolutamente sorprendido al verme.
«Bibi —me dijo—, ¿qué haces aquí?».
Corrimos uno hacia el otro y nos abrazamos.
Mientras tomábamos una taza de café militar improvisado, le hice la pregunta que tenía en mente, la pregunta que todos se hacían.
«Yoni —le dije—, ¿qué va a pasar?».
Hizo una pausa. Y entonces dijo algo que nunca olvidaré.
«Vamos a ganar —dijo—. No tenemos otra opción».
Recuerdo aquellas palabras como si hubiera sido ayer.
Vamos a ganar. No tenemos otra opción.
Y entonces ganamos.
Nueve años después, terroristas palestinos secuestraron un avión de pasajeros que se dirigía a Israel. Lo llevaron a Entebbe, Uganda.
Como los nazis, los terroristas separaron a los pasajeros judíos: hombres, mujeres, niños y bebés. Amenazaron con matarlos a todos si Israel no liberaba a terroristas palestinos.
Entonces, el 4 de julio de 1976, en el bicentenario de Estados Unidos, Yoni encabezó a sus valientes soldados hasta el corazón de África en una de las misiones de rescate más dramáticas de la era moderna.
Milagrosamente, rescataron a 103 rehenes judíos y los llevaron de vuelta a casa, a todos y cada uno de ellos.
Mi hermano, comandante del grupo de asalto, fue el único soldado que murió en esa misión.
Quiero agradecer nuevamente a Uganda por haber erigido recientemente una estatua de Yoni en el lugar donde cayó.

Amigos míos:
Las palabras de Yoni son tan ciertas hoy como lo eran hace más de medio siglo.
Vamos a ganar. No tenemos otra opción.
En ningún momento esto quedó más claro que el 7 de octubre de 2023, el día más oscuro de la historia de Israel.
En aquel día terrible, miles de terroristas palestinos irrumpieron en Israel desde Gaza.
Quiero que sepan que en ese momento no había ni un solo israelí en Gaza. Ni un civil ni un soldado. ¡Ni uno!
No importó en absoluto.
Los terroristas de Hamás perpetraron la peor matanza de judíos desde el Holocausto.
Fueron de casa en casa disparando a quemarropa contra civiles israelíes. Lo hicieron con una alegría diabólica. Con gozo sádico transmitieron en directo sus asesinatos.
¿Y a quiénes asesinaron? A los mismos israelíes —sus vecinos— que les daban trabajo, que recogían a niños palestinos en la frontera con Gaza, los llevaban a hospitales israelíes para recibir tratamiento contra el cáncer y luego los regresaban a casa.
¿Pueden imaginar semejante monstruosidad?
Esos monstruos de Hamás asesinaron a sobrevivientes del Holocausto. Quemaron vivos a bebés frente a sus padres. Decapitaron a nuestros hombres. Violaron brutalmente a nuestras mujeres y luego las asesinaron.
En total, asesinaron a 1,200 israelíes aquel día.
Quiero darles una idea de lo que esto significa para un país de diez millones de habitantes. En proporción, equivale al asesinato de 40,000 estadounidenses inocentes en menos de 24 horas. Son dieciséis veces los ataques del 11 de septiembre. Dieciséis ataques como los del 11 de septiembre, ocurridos no muy lejos de aquí.
En aquel día, el más oscuro de todos, nuestros enemigos esperaban que nos derrumbáramos.
Pues bien, no nos derrumbamos. Por el contrario, nos levantamos y luchamos como leones.
Durante los últimos tres años, nuestros heroicos soldados han combatido día tras día en una guerra en siete frentes.
¿Conocen algún otro país del tamaño de Nueva Jersey capaz de librar una guerra en siete frentes? ¿Y durante tres años?
Siete frentes: Hamás, Hezbolá, los hutíes, Irán, las milicias de Irak, las milicias de Siria y los terroristas palestinos en Judea y Samaria. Todos se aliaron para borrarnos de la faz de la Tierra.
Fracasaron.
Porque, en vez de derrumbarnos, les asestamos golpes devastadores a todos ellos.
Junto a nuestros grandes amigos estadounidenses, aplastamos el ejército, la marina, la fuerza aérea y las instalaciones nucleares de Irán.
Israel golpeó duramente a Hamás. Aplastamos a Hezbolá.
¿Recuerdan los bíperes? Pues puedo decirles que Hezbolá sin duda los recuerda.
¿Qué ocurrió con la mayor parte del vasto arsenal de Hezbolá, compuesto por 150,000 misiles balísticos y cohetes, todos apuntados contra nuestros civiles?
Desapareció.
Los dirigentes de Hezbolá: muertos.
Su espíritu: quebrado.
Los cabecillas terroristas, algunos de los peores asesinos en masa del mundo, que mataron no solo a israelíes, sino también a estadounidenses, británicos y ciudadanos de decenas de países —Jameneí, Deif, Sinwar, Haniyeh y Nasralá—, y miles de otros terroristas que buscaban destruirnos, también han desaparecido.
Los terroristas que quedan intentan desesperadamente reagruparse.
Cada día intentan asesinar a nuestra gente.
Y, en particular, intentan asesinar a nuestra gente en nuestra patria histórica, en Judea. Por cierto, de ahí proviene la palabra «judío»: Judea. Esa es nuestra tierra. Intentan asesinarnos mediante miles de ataques al año contra familias pacíficas que circulan por las carreteras. Disparan a mujeres embarazadas; disparan contra familias enteras. Por supuesto, nada de esto aparece en la prensa internacional ni en las redes sociales. Nada. De lo que hablan es de un puñado de jóvenes delincuentes, unos 150, que arrojan piedras, talan olivos y de vez en cuando provocan incendios. Eso me indigna. No toleraré el vigilantismo. Somos un Estado de derecho. Por eso pusimos al Shin Bet a investigarles. Pero a eso lo llaman violencia de colonos. ¿Y cuántas víctimas mortales hay al año? Quizá dos o tres. En todo el tiempo que se ha hablado de esto, quizá dos o tres muertos. Compárenlo con los miles de atentados terroristas contra los colonos pacíficos, personas honorables que respetan la ley. Qué distorsión. Es una obsesión. ¿Escucho aquí esta discusión? Los dirigentes de países hablan de ello con toda seriedad. Y lo dicen como si fuera algo de suma importancia: «No podemos tolerar la violencia de los colonos». No saben de qué están hablando.
Y escuchen: hace dos días… Le digo esto a mi colega Emmanuel Macron. Hace dos o tres días, un ciudadano francés, Netanel Shukrun, padre de seis hijos, fue asesinado a tiros cuando visitaba un manantial con su hijo de 16 años. Un terrorista de Hamás, en Judea y Samaria, se le acercó y le disparó a quemarropa. Sus últimas palabras fueron: «Huye, huye, hijo. Sálvate».
Eso ocurrió hace tres días. Hace dos días, en Judea y Samaria, un oficial de la reserva, un soldado reservista, Neria Leiter, fue arrollado por un terrorista palestino. Ahora lucha por su vida en un hospital de Jerusalén.
Visité a su familia justo antes de abordar el avión que me trajo aquí.
Neria, padre de cuatro hijos, es hijo de Yechiel Leiter, nuestro brillante embajador en Estados Unidos.
Hace tres años, Moshe, el hijo mayor de Yechiel y padre de seis hijos, murió mientras despejaba un edificio sembrado de explosivos en Gaza.
Yechiel, hermano mío, tu dolor es inconmensurable.
Todo el pueblo de Israel, y muchas personas fuera de Israel, rezan por la vida de Neria.
Pero, pese al dolor, pese a la angustia, no nos rendimos.
En una publicación reciente, antes del ataque, Neria escribió: «No tenemos otro país. Es un privilegio defenderlo».
A Neria y a todos los héroes de Israel les hago una promesa sagrada:
Su sacrificio no será en vano. Seguiremos defendiendo nuestro Estado. Seguiremos ganando. Porque no tenemos otra opción.
En esta batalla contra los bárbaros, no hemos tenido un aliado mayor que el presidente Trump.
Le agradezco su valiente liderazgo.
Enfrentó con valentía un peligro enorme para Estados Unidos, Israel y el mundo.
Hace décadas entendió que, si no se les detenía, los ayatolás fanáticos que gritan «¡Muerte a Estados Unidos! ¡Muerte a Israel!» acabarían llevando a la práctica sus delirios.
Por eso Israel y Estados Unidos actuaron juntos, no solo para protegernos, sino para salvar a la civilización.
Valientes pilotos estadounidenses volaron junto a valientes pilotos israelíes en misiones conjuntas sobre los cielos de Irán.
Estados Unidos e Israel también colaboraron para traer de vuelta a los rehenes que aún permanecían cautivos.
Los trajimos de vuelta a todos, hasta el último.
¿Se preguntan por qué estamos ganando?
Yoni lo dijo sencillamente. No tenemos otra opción.
A lo largo de esta larga guerra, nuestro objetivo nunca cambió: ¡ganar!
Ganar con una determinación inquebrantable. Ganar con un valor incansable. Porque eso es Israel.
Una nación que lucha por un mismo futuro.
Izquierda y derecha. Jóvenes y mayores. Religiosos y laicos.
¿Tenemos diferencias?
Por supuesto que sí. ¿Quién no las tiene?
Pero en los momentos decisivos, en los momentos que determinan nuestro destino, permanecemos unidos, porque lo que nos une es mucho más fuerte: nuestra historia, nuestros valores, nuestro valor.
El valor de nuestro pueblo, que resistió los mil enormes misiles balísticos que Irán lanzó sobre nuestras ciudades y nuestros civiles.
Señoras y señores:
Están sentados aquí, en el salón de la Asamblea General de las Naciones Unidas. ¿Saben qué haría un solo misil balístico de una tonelada si impactara en este lugar? Destruiría todo el complejo. De hecho, dos misiles así destruirían la ONU.
Así que pueden imaginar mil misiles gigantescos cayendo del cielo sobre sus ciudades, sobre sus hogares.
Rindo homenaje al valor del pueblo de Israel. Rindo homenaje al valor de nuestros soldados: judíos, cristianos, drusos y musulmanes. Las Fuerzas de Defensa de Israel son el ejército más moral del mundo.
Durante tres años han luchado valientemente en una guerra en siete frentes.
Pero esta guerra tiene un octavo frente: la batalla por la verdad.
Se libra en los medios de comunicación de todo el mundo y, de forma especialmente perniciosa, en las redes sociales.
Varios países extranjeros han gastado incontables miles de millones para difundir mentiras sobre mi país.
El primero en hacerlo fue Qatar.
Hace décadas comenzó a financiar masivamente universidades estadounidenses y medios tóxicos como Al Jazeera. Por cierto, hicieron lo mismo en Europa.
Su objetivo era claro: adoctrinar a los jóvenes para que odiaran a Israel, a Estados Unidos y a Occidente.
Se trata del mismo Qatar que acoge a los carniceros de Hamás responsables del 7 de octubre.
El país que más recientemente se ha convertido en un gran difusor de mentiras antisemitas es Turquía.
Erdogan es un tirano que también alberga a los jefes terroristas de Hamás.
Ha asesinado a miles de civiles kurdos. Niega el genocidio armenio. Encarcela a periodistas y líderes de la oposición. De hecho, creo que ostenta el récord mundial en eso, aunque la competencia es dura. Pero creo que ocupa el primer lugar.
Ocupa ilegalmente el norte de Chipre, un miembro de la Unión Europea, y agrede con regularidad a Grecia, miembro de la OTAN.
Ahora quiere apoderarse de Siria.
No sorprende, porque casi todos los días pide la destrucción de Israel. Dice que será el gobernante de Jerusalén.
No, señor. No lo será. Este es nuestro país, nuestra ciudad, nuestra capital eterna.
Los tiranos de todo el mundo intentan amenazarnos y socavar nuestra determinación con su campaña de mentiras.
Pero, al final, como en el campo de batalla, el pueblo judío prevalecerá.
Tomará tiempo. Tomará tiempo derrotar las mentiras. Tomará tiempo para que el mundo reconozca lo que salta a la vista: que Hamás utilizó a civiles palestinos como escudos humanos; que utilizó hospitales, escuelas y mezquitas como centros de mando terrorista; que robó gran parte de los alimentos que permitimos entrar en Gaza.
Mientras Hamás hizo todo lo posible para mantener a los civiles palestinos en peligro, a menudo a punta de pistola, Israel hizo todo lo posible para alejarlos de él.
Enviamos millones de mensajes de texto para advertir a los civiles que abandonaran las zonas de combate.
Hicimos millones de llamadas telefónicas.
Lanzamos millones de folletos.
Quiero hacerles unas preguntas. ¿Qué régimen genocida administra un millón de vacunas contra la polio a la población del enemigo? ¿Qué régimen genocida permite distribuir dos millones de toneladas de alimentos en Gaza? Es una tonelada por persona.
Acusar a Israel de genocidio es la mayor mentira del siglo.
Si quieren saber hasta qué punto es una mentira, hasta qué punto es absurdo, escuchen al coronel John Spencer. Es director de estudios sobre guerra urbana en West Point. Se le considera el principal experto mundial en guerra urbana.
Creo que hoy está entre nosotros.
El coronel Spencer ha estudiado todas las guerras urbanas, desde la Antigüedad hasta la época moderna, desde la antigua Grecia hasta Mosul y Gaza.
Esto es lo que dice el coronel Spencer: «Israel ha hecho más por evitar víctimas civiles en una guerra que cualquier otro ejército de la historia».
Hemos tomado innumerables medidas para proteger a la población civil. ¿Es esto un genocidio? Por supuesto que no. Es lo contrario de un genocidio.
Así que a todos los que difunden estas mentiras sobre mi país y sobre nuestros valientes soldados, ya estén sentados en esta sala o en la oficina del alcalde antisemita de Nueva York, les digo:
Debería darles vergüenza.
Vergüenza por distorsionar los hechos.
Vergüenza por invertir los papeles de víctima y agresor.
Vergüenza por escupirle en la cara a la verdad.
Señor Mamdani:
Desde que fue elegido alcalde de esta ciudad, muchos judíos ya no se sienten seguros en Nueva York. Hablan conmigo. Me lo cuentan. Esta no es la ciudad que recordamos. Cambió muy rápidamente.
No es de extrañar.
Usted elogió a personas condenadas por apoyar a Hamás.
Cuenta entre sus amigos a personas como Hasan Piker, quien dijo que Estados Unidos se merecía el 11 de septiembre.
Estados Unidos se merecía el 11 de septiembre. Vaya amigos que tiene.
Invita a su casa a un periodista palestino que filmó a terroristas de Hamás mientras golpeaban y torturaban a rehenes israelíes y que después admitió haberse negado a publicar los videos para proteger, ya lo adivinaron, a los terroristas.
Su esposa dio «me gusta» a una publicación que elogiaba la masacre del 7 de octubre.
También dio «me gusta» a otra publicación que decía que Tel Aviv no debería existir.
Usted se negó a condenar todo aquello.
Acusa falsa y repetidamente a Israel de genocidio.
Señor Mamdani, usted intentó impedir que viniera aquí, intentó silenciarme. No puede silenciarme. No puede silenciar la verdad.
Y esta es la sencilla verdad:
Israel no cometió un genocidio. Israel impidió un genocidio.
Y eso es precisamente lo que los amigos de Hamás del señor Mamdani nos habrían hecho si no los hubiéramos detenido. Nos habrían matado hasta al último.
Las mentiras que usted y otros antisemitas difunden sobre los judíos y sobre el Estado judío tienen consecuencias reales.
En Nueva York, los judíos reciben amenazas camino a la sinagoga. Judíos han sido apuñalados en las calles. Se les demoniza. Son atacados simplemente por ser judíos.
Judíos han sido asesinados en Sídney, Manchester, Montreal y Boulder, Colorado.
Han sido atacados en Los Ángeles, Londres, París, Berlín y Washington D. C.
Los antisemitas del mundo quieren aterrorizar a nuestro pueblo.
Tengo una noticia para ellos.
¡Los días en que los judíos eran víctimas indefensas conducidas al matadero han terminado!
Hoy tenemos un Estado. Hoy tenemos un ejército. Hoy tenemos un pueblo dispuesto a defenderse.
Así que hoy tengo un mensaje para los judíos de todo el mundo:
Levanten la cabeza. Siéntanse orgullosos. Tengan confianza. No se dejen intimidar. Defiéndanse.
Y a todos los demás que quieran defender la verdad y la justicia, únanse a nosotros para hacer frente a los bárbaros que amenazan nuestra civilización común.
Pero debo hablarles con franqueza. No todos están dando la cara. Lo hemos visto. Porque, a diferencia de Israel, algunos países, especialmente en Europa occidental en fechas recientes, han optado por no hacerlo.
Los dirigentes de esos países han decidido ceder ante las turbas antisemitas.
Han elegido la debilidad. Han elegido el apaciguamiento.
No podemos eludir la triste verdad que tenemos delante.
Muchos en el mundo libre temen defender la libertad.
Les pregunto: ¿qué futuro les espera? ¿Qué consecuencias tendrá esta conducta? ¿Qué clase de mundo les aguarda?
¿La hermandad de las democracias o los Hermanos Musulmanes?
¿Cuánto tiempo necesitarán para comprender que esos yihadistas fanáticos están asfixiando sus vías navegables, su suministro de energía y su sustento económico?
Puedo asegurarles, señoras y señores, que en Israel no esperamos a que otros despierten de su letargo moral.
Seguimos adelante. Tomamos el futuro en nuestras manos. Somos pioneros en avances extraordinarios en salud, agricultura e inteligencia artificial —«superinteligencia»—. Y ponemos estas innovaciones extraordinarias al servicio de toda la humanidad.
Israel nunca ha sido tan fuerte.
Nosotros no tenemos miedo, pero les diré quiénes sí lo tienen.
Los tiranos de Teherán. Ellos sí.
¿Saben qué es lo que más temen?
A su propio pueblo.
Al valiente pueblo iraní, que ha sacrificado tanto durante tanto tiempo.
El régimen iraní tiene especial miedo cuando su pueblo dispone de esto. Este es un dispositivo de comunicaciones, Starlink, que permite acceder a la verdad, elegir y ejercer la libertad de pensamiento y de expresión.
Por eso el régimen iraní gasta miles de millones de dólares en censurar internet.
Señor presidente, voy a dejarle este dispositivo para que se lo entregue a la delegación iraní. Así, cuando inevitablemente deserte, también podrá contar libremente su historia en las redes sociales.
A quienes protestan afuera y a los delegados hipócritas que abandonaron esta sala les pregunto:
¿Dónde estaban cuando los tiranos iraníes asesinaron y mutilaron a decenas de miles de civiles iraníes desarmados? ¿Cuando asesinaron y mutilaron a miles de personas de su propio pueblo? ¿Dónde estaban?
¿Organizaron manifestaciones masivas? ¿Huelgas de hambre?
¿Protestaron frente a la misión iraní ante la ONU?
¿Alzaron la voz, ya que estamos, por los cristianos perseguidos en Irán y en todo Oriente Medio?
No, no hicieron nada de eso. Porque son falsos defensores de los derechos humanos.
En cuanto a los cristianos, ¿saben que su número está disminuyendo drásticamente en todos los lugares de Oriente Medio donde sufren persecución y hostigamiento, excepto en uno: mi país, Israel, donde la comunidad cristiana crece, prospera y sale adelante?
De hecho, tampoco protestaron cuando nos retiramos de Belén. Cuando estaba bajo nuestro control, era cristiana en un 80 o 90 por ciento, y se la entregamos a la Autoridad Palestina. Hoy es musulmana en un 80 o 90 por ciento. Los cristianos fueron expulsados. ¿Protestaron? ¿Hablaron de ello? Nada. Nada de nada.
Y ahora no dijeron nada sobre Irán. No dijeron nada sobre Irán.
Pero quiero darles una buena noticia.
A pesar de su silencio, a pesar de su hipocresía, es solo cuestión de tiempo para que ocurra algo extraordinario en Irán. El poder del pueblo vencerá a quienes están en el poder.
Quiero que escuchen atentamente mis palabras:
Algún día, y puede que no esté muy lejos, el pueblo iraní será libre. Su régimen asesino caerá por sus mentiras, su corrupción y su crueldad.
Ese régimen maligno caerá y todos celebraremos ese día.
Señoras y señores:
La historia de mi pueblo, el pueblo judío, se remonta a más de 3,000 años.
Hoy hablamos la misma lengua que hablábamos entonces.
Vivimos en la misma tierra donde vivieron nuestros antepasados: David, Salomón, Isaías y Jeremías. Esa es nuestra tierra.
La tierra de Israel.
Nuestros profetas, nuestro propósito y nuestro pueblo son únicos en la historia.
Nuestros valores han inspirado a la humanidad durante milenios.
La fe en un solo Dios. La santidad de la vida. El Estado de derecho. Nuestra búsqueda eterna de la paz. Nuestra búsqueda eterna de la justicia.
Esos valores sagrados nos han impulsado a través de los siglos. Esos valores sagrados nos ayudaron a vencer todos los pronósticos de la historia.
El gran escritor estadounidense Mark Twain lo expresó mejor que nadie hace 125 años. Lo dijo mucho antes del renacimiento del Estado judío moderno, mucho antes de las grandes victorias de los soldados de Israel.
Esto fue lo que dijo:
«El judío ha librado una lucha admirable en este mundo, en todas las épocas, y lo ha hecho con las manos atadas a la espalda…
»Los egipcios, los babilonios y los persas surgieron, llenaron el planeta de estruendo y esplendor, luego se desvanecieron como materia de sueños y desaparecieron… Otros pueblos surgieron y sostuvieron en alto su antorcha por un tiempo, pero esta se apagó y ahora permanecen en el crepúsculo…
»El judío los vio a todos, los sobrevivió a todos y sigue siendo lo que siempre fue, sin mostrar decadencia, achaques de la edad, debilitamiento de su espíritu ni disminución de sus energías…».
Señoras y señores:
A lo largo de los siglos, las tiranías que intentaron destruirnos fracasaron una y otra vez.
Si Dios quiere, seguirán fracasando.
Si reunimos el valor necesario, si fortalecemos nuestra determinación, seguiremos ganando.
Como dice la Biblia: «Netzaj Israel lo yeshaker»; la eternidad de Israel no fallará.
Y la razón es sencilla.
No tenemos otra opción.
Muchas gracias a todos.
Jag saméaj leam Israel. Felices fiestas para el pueblo de Israel.