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Mientras Ilana habla, el odio pide aplausos

Por Silvia Cherem

Primer acto: Ilana, la sobreviviente

Ilana Gritzewsky entró temblando a la sala. Unos minutos antes me dijo que siempre fue tímida, que jamás se imaginó tener que levantar así la voz.

Este 7 de octubre la entrevisté públicamente en la conmemoración convocada por la Embajada de Israel en México. La mexicana que sobrevivió a 55 días de cautiverio en Gaza había decidido contarlo todo.

El 7 de octubre de 2023 la sacaron en pijama de su casa en el kibutz Nir Oz. Fue una de las 251 personas secuestradas por Hamás y otros grupos armados palestinos que irrumpieron por sorpresa por aire y tierra en los kibutzim del sur de Israel, donde vivían muchos de los israelíes más comprometidos con la paz, la convivencia y el bienestar de los palestinos, y en el Festival Nova, donde miles de jóvenes bailaban por la paz.

Ese día, con una crueldad inimaginable, mataron a más de 1200 personas de distintas nacionalidades y credos. Fue la jornada con el mayor número de muertes judías desde el Holocausto.

Frente a embajadores, medios de comunicación y público en general, habló de Nir Oz, donde uno de cada cuatro habitantes fue ultimado o secuestrado. De las balaceras, los muertos y las casas incendiadas con sus vecinos dentro. De los últimos momentos con Matán, su novio, ese día fatídico. Al ver que las balas traspasaban la puerta del cuarto seguro, él la hizo brincar por una ventana para intentar escapar, pero los terroristas la alcanzaron. La jalonearon del pelo, la subieron a una motocicleta apretada entre dos hombres. Relató los golpes, las fracturas de cadera y mandíbula, la quemadura en la pierna provocada por el escape.

Llegó a Gaza. Cuando recobró el conocimiento, estaba semidesnuda, tenía a varios machos sobre ella. En cautiverio no encontró a una sola persona que tuviera un dejo de humanidad. Perdió doce kilos en 55 días. La cambiaron de escondite entre casas y túneles, la trasladaban cubierta con una burka, abusaron sexualmente de ella una y otra vez. Sus captores le anunciaban que nunca regresaría a Israel, que sería su esposa, que se quedaría allí para siempre. Según relató, entre otros sitios la mantuvieron cautiva en el Hospital Nasser de Jan Yunis, un hospital destinado a atender enfermos que fue utilizado por sus captores para esconder armas y secuestrados.

La tortura fue incesante. Poco antes de su liberación, Ilana entró en contacto con otros secuestrados de Nir Oz que le dijeron que Matán estaba en un cuarto contiguo. Sus captores le impidieron verlo. Imploró, pero ellos jugaron psicológicamente con ella. La pusieron a limpiar y a cocinar. Promesas y más promesas en ese juego con el que administraban su hambre, su miedo y su esperanza.

Cuando la liberaron, convirtió su voz en una exigencia de libertad para Matán. Durante casi dos años luchó por traerlo de vuelta. En esa espera celebró una boda simbólica en la Plaza de los Secuestrados. Matán finalmente fue liberado después de 738 días de cautiverio. Pudieron abrazarse. Todavía se despiertan de noche con el trauma de los túneles y el miedo. Una parte de ellos sigue en Gaza.

Ilana quiere recuperar el futuro que imaginaba cuando soñaba con ser pastelera, tener un invernadero, dedicarse a plantar la tierra y formar una familia con Matán.  Prepara su boda para abril próximo.

Quiere vivir: “Nos rompieron el cuerpo, pero no la voz, la fe o la voluntad”.

Para ella,  vivir hoy también significa reclamar lo que el mundo le ha negado: comprensión, solidaridad, una condena sin excusas a los terroristas de Hamás. Exige, sobre todo, que las organizaciones feministas reconozcan y condenen la violencia sexual contra las mujeres judías. 

Su testimonio nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿por qué una sobreviviente tiene que volver a exponer sus heridas para demostrar que sus verdugos son criminales?

Ilana entró temblando y habló.

Tres años después sigue luchando para que su testimonio sea reconocido. Sigue luchando por la verdad.

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Segundo acto: El mitín frente a la Embajada

Ese mismo 7 de octubre en las calles de México, otros, adheridos a la ideología como consigna, encontraban maneras de seguir borrando la verdad.

Según reportes policiales, alrededor de cincuenta personas, en su mayoría jóvenes universitarios vestidos de negro y con kefias, se reunieron en el Metro Polanco para dirigirse a la Embajada de Israel. El material impreso que volanteaban se titulaba: “Tres años de recrudecimiento del genocidio en Palestina”.

La elección de sus palabras pesa. Voltean la narrativa. El calendario comienza con la masacre, pero el relato prescinde de ella. Eliminan el crimen inicial, desaparecen a sus víctimas y encuentran al supuesto culpable.

¿A quién le importa que Hamás no sea un niño palestino, sino una organización terrorista que recibe financiamiento, armas y entrenamiento del régimen de los ayatolas? En 2021, el propio Yahya Sinwar presumió una red de 500 kilómetros de túneles. Los miles de millones que le otorgaron Qatar, la ONU y otras organizaciones no fueron usados para mejorar la vida de los palestinos, sino para construir una infraestructura para la guerra, para llevar a cabo el ataque del 7 de octubre que tenian años planeando. ¿Para qué, si no, se construyó una ciudad debajo de otra ciudad? Túneles que, según contó Ilana, desembocaban en kibutzim y ciudades israelíes.

Su carta fundacional de 1988 dictaba su intención: matar judíos como cumplimiento de una promesa divina.

Muchos jóvenes que se proclaman de izquierda han mordido el anzuelo. Ninguna causa que invoque la justicia puede construirse sobre el asesinato de un grupo identitario, ni sobre la negación de una masacre. Ninguna reivindicación social justifica asesinar civiles, violar a mujeres o secuestrar bebés.

Al borrar a la organización terrorista del relato, ocultan también al régimen iraní que lo financia. La supuesta defensa de los “derechos humanos” termina haciendo de coartada para un terrorismo auspiciado por una dictadura religiosa que reprime todas las libertades que los manifestantes dicen defender.

En esa narrativa forzada, por supuesto Ilana les estorba. También Orión Hernández, el mexicano asesinado tras el ataque al Festival Nova, y su pareja, Shani Louk, cuyo cuerpo semidesnudo fue exhibido en la batea de una camioneta como trofeo de guerra. Asimismo, Matán, los pequeñitos Bibas y las víctimas mortales de aquel día.

Israel, claman, es una “entidad ilegítima”.

Frente a la Embajada encendieron una hoguera para quemar símbolos de Israel: estrellas de David convertidas en cerdos y en esvásticas. Allí gritaban: “Aplaudan y aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche sionismo se tiene que morir”. Exigían: “Fuera sionistas de América Latina”. Mezclaban sus consignas con Ayotzinapa: “De Ayotzinapa a Gaza, Israel es la amenaza”. Y por supuesto no podía faltar: “Todo yanqui debe de morir…”

Justo el 7 de octubre.

Lo sepan o no, quienes participan en esos mitines aplauden el terrorismo. Al no pronunciar el nombre de Hamás, le hacen un favor: lo borran del relato, cancelan la memoria de sus crímenes y presentan a sus víctimas como culpables.

La ignorancia moral consiste en eso. En ser selectivos con el dolor ajeno. En exigir “derechos humanos” borrando a las víctimas que estorban a su causa. En mantener oídos sordos frente al secuestro, la tortura y las violaciones. Es decidir qué víctimas merecen solidaridad y cuáles deben desaparecer del relato.

Desde la comodidad de vivir a doce mil quinientos kilómetros de Gaza, estos manifestantes refuerzan el relato de Hamás mientras dicen defender al pueblo palestino. Flaco favor le hacen, porque ningún pueblo, ninguno, necesita que se absuelva a sus verdugos para que sus derechos sean reconocidos.

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Tercer acto: La carta de COPRED

El mismo 7 de octubre me hacen llegar una carta fechada el 25 de septiembre, dirigida al diputado Raúl de Jesús Torres Guerrero. La firma Geraldina González de la Vega Hernández, presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México.

Responde a los llamados a expulsar a los judíos de México, escuchados frente a una sinagoga en Masaryk. “La posición del COPRED es inequívoca”, afirma. Su propia carta señala que la Constitución y la Ley para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México reconocen el antisemitismo como una forma de discriminación.

La presidenta González de la Vega tiene identificado el agravio y conoce el marco que lo condena. Sin embargo, ante la propuesta de una mesa de trabajo para atender esas expresiones antisemitas, termina explicando las razones por las que no asumirá compromisos: “Mi encargo al frente del COPRED concluirá el día 13 de octubre… No sería responsable de mi parte comprometer a la nueva gestión ni adoptar compromisos cuyo cumplimiento no podría garantizar durante el tiempo restante de mi administración”.

La palabra “responsable” merece atención. La presidenta considera irresponsable asumir compromisos que rebasen su encargo. ¿Dónde queda la responsabilidad de asegurar que una amenaza reconocida reciba atención institucional?

Desdeña la urgencia.

Señora presidenta: su fecha de salida es un dato administrativo. Los llamados a expulsar judíos son un agravio contra ciudadanos por su identidad. Llevar esa hostilidad frente a una sinagoga señala a una comunidad en su lugar de culto. Usted misma lo reconoce.

Entonces: ¿qué hará COPRED durante los días que quedan de su gestión? ¿Qué seguimiento dejará establecido para impedir que este asunto se convierta en una responsabilidad de nadie?

La obligación de enfrentar la discriminación no puede quedar suspendida porque usted se marche. La carta que usted escribe sabe nombrar el antisemitismo, pero no muestra comprensión de lo que significa vivir bajo su amenaza. Reconocer el agravio y dejar pendiente la respuesta es abandono. Y resulta especialmente grave cuando proviene de una institución creada para combatir la discriminación.

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Este 7 de octubre me deja esas tres imágenes: una sobreviviente que, para exigir justicia, revela la violencia física, psicológica y sexual que padeció durante su cautiverio en Gaza; manifestantes que piden expulsar a los “sionistas” mientras degradan símbolos judíos; y una autoridad que reconoce el agravio, pero deja pendiente la respuesta.

A Ilana y a tantas otras Ilanas se les exige que relaten, que prueben, que insistan, que esperen. Que sobrevivan y, además, encuentren la manera de hacerse comprender.

Quienes las abandonan siempre tienen una explicación: la causa política, la consigna, el trámite, el fin del encargo. Al final, la carga vuelve a caer sobre la víctima.

Ilana ya sobrevivió a Hamás. Lo intolerable es que todavía tenga que convencer al mundo de que sus torturadores son criminales y de que ella, que habla por sí misma y por quienes ya no pueden hacerlo, merece ser escuchada.

Ella insiste: “Viviremos, nosotros viviremos”. Plantará la tierra, horneará pasteles y construirá un futuro con Matán.

Y aquí en México, también seguiremos: contando lo que otros quieren borrar, denunciando las consignas de expulsión y exigiendo que las instituciones respondan. Que el antisemitismo deje de encontrar aplausos en la calle y excusas en las instituciones creadas para combatirlo.

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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