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¿Puede Netanyahu volver a ganar?

El secreto de su supervivencia política

Pese al 7 de octubre y a años de turbulencia política, Benjamin Netanyahu sigue siendo competitivo en las elecciones israelíes.

Por Jacob Kornbluh | The Forward
23 de octubre de 2026

Al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se le llegó a llamar “Rey Bibi” por su extraordinaria capacidad para ganar elecciones, desde su sorpresiva victoria de 1996, cuando tenía 46 años. Resulta casi imposible contar a los rivales políticos que han surgido y desaparecido durante sus décadas en el poder.

Pero, a pocos días de las elecciones del 27 de octubre —tres años después del peor fracaso de seguridad de Israel bajo su mandato, en medio de profundas divisiones internas y de una disminución del apoyo internacional—, ¿podría ser esta la última batalla del dirigente israelí de 77 años?

Las encuestas recientes sitúan al Likud de Netanyahu por detrás de Yashar, el partido del exjefe militar Gadi Eisenkot. Varios partidos de derecha y religiosos también aparecen por debajo del umbral de 3.25% necesario para ingresar a la Knéset, lo que amenaza con dejar sin representación miles de votos que Netanyahu podría necesitar para asegurar una mayoría. Mientras tanto, la oposición parece más organizada y motivada que en elecciones anteriores, y representa una seria amenaza para su dominio de casi dos décadas sobre la política israelí.

Netanyahu ha dedicado buena parte de su carrera política a desmentir los pronósticos que anunciaban su caída. En 2015 desafió las encuestas y condujo al Likud a una victoria inesperada, después de advertir el día de las elecciones que los votantes árabes estaban acudiendo en masa a las urnas. En 2021, tras 12 años consecutivos como primer ministro, una improbable coalición encabezada por Naftali Bennett y Yair Lapid lo obligó a pasar a la oposición. Regresó al poder menos de dos años después y, casi de inmediato, provocó protestas masivas con su proyecto de reforma judicial, que, según sus adversarios, concentraría el poder y debilitaría gravemente la democracia israelí.

Entonces llegó el 7 de octubre, el ataque más mortífero contra judíos desde el Holocausto. Los israelíes estaban indignados por las fallas de seguridad que permitieron a Hamás cruzar la frontera y matar a unas 1,200 personas. Las familias de los rehenes exigían el regreso inmediato de sus seres queridos, e incluso quienes lo habían apoyado durante años cuestionaban si podría seguir como primer ministro una vez concluida la campaña militar en Gaza.

El futuro político de Netanyahu parecía sombrío. Mazal Mualem, comentarista política y autora de Descifrando el código Netanyahu, contó en una entrevista que todas las personas cercanas al primer ministro con las que habló durante las semanas posteriores al ataque creían que su carrera había terminado.

“Bibi era el único que pensaba que sobreviviría”, dijo, utilizando el apodo de Netanyahu.

Pero Netanyahu se negó a renunciar. Mantuvo unida a su coalición de derecha durante la guerra en Gaza y resistió las protestas en todo el país y las audiencias de su juicio por corrupción. En un notable logro político, se convirtió en el primer jefe de gobierno israelí en más de 50 años en conducir a un gobierno durante un periodo parlamentario completo de cuatro años, algo que él mismo nunca había conseguido en su larga carrera.

¿Cómo sobrevivió Netanyahu?

En entrevistas con The Forward, Mualem y otro biógrafo de Netanyahu, Anshel Pfeffer, reflexionaron sobre cómo ha logrado sobrevivir cuando su carrera política parecía condenada. Ofrecieron explicaciones diferentes, pero coincidieron en algo: nunca se puede dar a Netanyahu por acabado.

Pfeffer, corresponsal de The Economist y autor de Bibi: la turbulenta vida y época de Benjamin Netanyahu, afirmó que, aunque sus instintos políticos y sus habilidades de campaña “no tienen equivalente”, Netanyahu también carece de ciertos impulsos humanos, entre ellos la “vergüenza” y la “introspección”, que podrían haberlo llevado a hacerse a un lado.

“No tiene vergüenza”, dijo Pfeffer.

Su capacidad para conservar el poder, añadió, también se ha apoyado en un sistema político que construyó durante décadas, en el que las carreras políticas y los intereses económicos de sus aliados están ligados a su éxito. Eso le permitió mantener dentro de la coalición a socios de extrema derecha como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, así como a los partidos jaredíes, pese a las diferencias sobre la guerra y las exenciones del servicio militar.

Mualem encuentra otra explicación para su supervivencia: se transformó.

“Es casi como si hubiera matado al viejo Bibi y hubiera nacido una persona distinta”, señaló.

Netanyahu, antes conocido por su aversión al riesgo y por adoptar en ocasiones posiciones moderadas respecto al conflicto israelí-palestino, se mostró más dispuesto a emprender acciones militares audaces. Bajo su liderazgo, Israel mató a dirigentes de Hamás y Hezbolá, lanzó ataques contra Irán y amplió su presencia militar en Gaza, Siria y Líbano.

Mualem sostuvo que esta transformación lo ayudó a recuperar a votantes que se habían vuelto en su contra después del 7 de octubre y a fortalecer su posición entre sus bases.

“Fue a la guerra por sí mismo y por el país”, dijo. “No se rindió”.

¿Puede hacerlo otra vez?

Netanyahu confía ahora en esas mismas habilidades políticas para superar otra elección difícil.

Las encuestas recientes otorgan a los partidos del bloque contrario a Netanyahu un promedio de 55 escaños, por debajo de los 61 necesarios para alcanzar la mayoría en una Knéset de 120 integrantes. Las dos listas árabes —la Lista Conjunta, una coalición de tres partidos árabes israelíes, y Ra’am, encabezado por Mansour Abbas— suelen contabilizarse fuera de ambos bloques.

Sin embargo, los entre 13 y 15 escaños que se les proyectan podrían determinar si los adversarios de Netanyahu consiguen formar un gobierno minoritario o, al menos, unirse para elegir a un presidente de la Knéset de sus propias filas, lo que les daría una influencia considerable sobre la agenda legislativa. Los dirigentes opositores siguen divididos respecto a si deben cooperar con los legisladores árabes.

Con pocas posibilidades de convencer a quienes se oponen firmemente a él, Netanyahu se concentra en los votantes de derecha que lo apoyaron en elecciones anteriores, pero que ahora consideran quedarse en casa. Su objetivo es persuadirlos de que la alternativa a su liderazgo resulta demasiado arriesgada.

El lema de su campaña, “O la derecha o Palestina”, apela a los temores surgidos después del 7 de octubre sobre el establecimiento de un Estado palestino. Advierte que un gobierno encabezado por Eisenkot y dependiente del apoyo árabe conduciría a la creación de ese Estado. En 1996 hizo una afirmación similar al sugerir que Shimon Peres dividiría Jerusalén.

Mualem dijo que Netanyahu está afrontando esta contienda como si fuera su primera campaña.

“El secreto de Netanyahu no es la magia”, afirmó. “Es el trabajo duro y la negativa a rendirse. Nunca levanta las manos en señal de rendición”.

Shalom Lipner, investigador sénior no residente del programa para Medio Oriente del Atlantic Council, señaló que Netanyahu cuenta con otra ventaja importante: como primer ministro, tiene una gran capacidad para orientar la conversación nacional.

Cuando la atención se dirige a temas que exponen sus debilidades políticas, como las exenciones militares de los jaredíes o la responsabilidad de su gobierno por el 7 de octubre, Netanyahu puede desviar el foco hacia Hamás, Irán u otras amenazas de seguridad.

Lipner, quien trabajó con siete primeros ministros israelíes consecutivos entre 1990 y 2016, comparó esa capacidad con el estilo político del presidente Donald Trump. Ambos dirigentes, dijo, saben atraer la atención hacia los asuntos que los favorecen.

A principios de esta semana, Trump respaldó la reelección de Netanyahu, dando a su aliado de muchos años otra oportunidad para destacar su colaboración frente a Irán.

“Si Israel tiene al líder equivocado, que sería cualquiera que no fuera Bibi, Estados Unidos tendrá que hacer este trabajo por su cuenta, y no estoy dispuesto a hacerlo”, escribió Trump en Truth Social.

Netanyahu aprovechó ese respaldo para movilizar a sus bases e intentar convencer a los indecisos de que su estrecha relación con Trump es esencial para la seguridad de Israel.

“Tenemos un trabajo que terminar”, le dijo durante una llamada telefónica que se convirtió en un video de campaña.

Lipner considera que las tácticas de Netanyahu enfrentan mayores límites que en elecciones anteriores, porque los votantes israelíes se han vuelto cada vez más escépticos y se mantienen más firmes en sus posiciones.

Aun así, Netanyahu tiene pocos motivos para dejar de intentarlo.

El comentarista político israelí Amit Segal sugirió que la declaración sobre trabajar con Trump durante los próximos dos años estaba dirigida a los votantes indecisos cansados de Netanyahu, pero a quienes “les resultará más fácil apoyarlo para cerrar los últimos acuerdos de una última tarea”, con la expectativa implícita de que este sería su último mandato.

El día después de las elecciones

Tanto para Netanyahu como para sus adversarios, obtener más votos el día de las elecciones es apenas la mitad de la batalla. El mayor desafío consiste en encontrar después la manera de formar un gobierno.

Bajo el sistema electoral israelí, los 37 partidos que participan en esta contienda deben obtener al menos el 3.25% de los votos nacionales para ingresar a la Knéset. Los sufragios emitidos por partidos que no superan ese umbral no se traducen en escaños, lo que puede costar a sus aliados políticos lugares decisivos en el reparto parlamentario.

Por ello, el destino de los partidos pequeños de derecha —entre ellos uno encabezado por el general retirado Ofer Winter y otro respaldado por reservistas, centrado en asuntos económicos y dirigido por el exministro Yoaz Hendel— resulta particularmente importante para determinar el equilibrio de poder.

La participación y los votantes que acudan por primera vez a las urnas serán, por tanto, fundamentales para configurar el mapa político.

Incluso si Netanyahu no obtiene 61 escaños, podría beneficiarse de la incapacidad de la oposición para ponerse de acuerdo sobre un gobierno. Las encuestas muestran que una mayoría de los votantes desea un primer ministro distinto, pero esos electores están repartidos entre partidos con ideologías y prioridades muy diferentes.

Eisenkot ha planteado establecer un gobierno minoritario cuya investidura sea posible mediante la abstención de los legisladores árabes, sin que estos se incorporen formalmente a la coalición. Otras figuras opositoras, en particular Avigdor Lieberman, rechazan las alianzas con los representantes árabes.

Estas divisiones constituyen la mayor esperanza de Netanyahu. Si la oposición no consigue llegar a un acuerdo, podría abrirse el camino hacia nuevas elecciones, mientras él permanece como primer ministro hasta que tome posesión un gobierno que lo sustituya.

¿Es esta su última batalla?

Los tres especialistas coincidieron en que todavía es demasiado pronto para predecir si estas elecciones marcarán el final de la carrera de Netanyahu.

“En algún momento llegará tu última batalla”, dijo Lipner. “Simplemente no sé si será esta”.

“Netanyahu ha encontrado tantas maneras de regresar contra todos los pronósticos”, señaló Pfeffer. “Así que, desde luego, no se le puede dar por acabado, y yo no voy a intentarlo”.

Mualem sugirió que, incluso si pierde el poder, podría simplemente regresar a la oposición y esperar a que sus rivales fracasen.

“Netanyahu no tiene otra vida”, afirmó. “La política es la única vida que tiene”.

Jacob Kornbluh es el reportero sénior de política de The Forward.

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