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Hay series que adquieren una dimensión distinta cuando la realidad que las rodea cambia. Ese es el caso de Teherán, el thriller israelí disponible en Apple TV, una producción que gira alrededor del enfrentamiento entre Israel e Irán y que, pese a contar ya con tres temporadas, no ha recibido toda la atención que se esperaba.
La historia sigue a Tamar Rabinyan, interpretada por Niv Sultan, una especialista en informática que trabaja para el Mossad y que debe infiltrarse en Irán para participar en una operación relacionada con el programa nuclear del país. Su principal adversario es Faraz Kamali, responsable de la inteligencia ira1ní y encarnado por Shaun Toub, un actor estadounidense de ascendencia iraní que ya había destacado en producciones como Homeland.
Lo más interesante de Teherán, sin embargo, no está únicamente en sus persecuciones, operaciones encubiertas o giros argumentales. La ficción intenta escapar de la división sencilla entre buenos y malos. Tanto los agentes israelíes como los iraníes aparecen condicionados por sus obligaciones, sus convicciones y, sobre todo, por las consecuencias personales de aquello que hacen. Esa mirada convierte a varios personajes en figuras mucho más ambiguas de lo habitual en este tipo de relatos.
La propia Niv Sultan ha destacado en distintas ocasiones esa intención de presentar el conflicto desde una perspectiva menos convencional. Tamar es una protagonista eficaz y decidida, pero también tiene contradicciones y desobedece cuando considera que las órdenes que recibe cruzan determinados límites. Del otro lado, Faraz tampoco funciona como un villano de una sola pieza: sus responsabilidades dentro del aparato de seguridad iraní conviven con conflictos personales que ayudan a entender sus decisiones.
Detrás de la serie está Moshe Zonder, guionista y cocreador que también participó en Fauda. Su experiencia como periodista de investigación parece reflejarse en una narración especialmente interesada en cuestiones como la identidad, las raíces familiares, la nacionalidad y la relación que cada persona mantiene con el lugar al que pertenece. En Teherán, esos asuntos no aparecen como un simple complemento, sino que forman parte del conflicto central.
La producción también ha sabido incorporar rostros internacionales. Glenn Close tuvo un papel destacado durante la segunda temporada, mientras que Hugh Laurie se incorporó en la tercera, aportando personajes alejados de los tradicionales estereotipos del género. El reparto combina intérpretes israelíes con actores de origen iraní, una mezcla que contribuye a darle mayor variedad a la representación de ambos lados del conflicto.
Otro elemento llamativo es la forma en que se construyó la ciudad protagonista. Aunque la historia transcurre en la capital iraní, buena parte del rodaje se realizó en Atenas. La capital griega ofrecía determinadas características urbanas que permitían recrear algunos escenarios de Teherán, mientras que los lugares más reconocibles de la ciudad iraní se completaron mediante efectos visuales.
La serie tampoco evita mostrar las consecuencias humanas de las operaciones clandestinas. Las misiones pueden perseguir objetivos estratégicos, pero quienes las ejecutan terminan cargando con las decisiones tomadas durante ellas. De manera paralela, la sociedad iraní aparece retratada como un espacio mucho más diverso de lo que permitiría imaginar una simple historia de confrontación entre gobiernos. Las redes clandestinas de mujeres que aparecen en la trama son un ejemplo de esa intención de ampliar el foco y mostrar a personas atrapadas entre las exigencias del régimen y sus propias circunstancias.

Esa complejidad provocó también rechazo en Irán, donde la producción fue señalada por las autoridades como una obra contraria al país. Pero precisamente una de las características que distinguen a Teherán es que tampoco presenta al Mossad como una organización infalible o moralmente intocable. En determinados momentos, la amenaza procede incluso del propio bando de Tamar, dejando claro que dentro de una operación de inteligencia las lealtades pueden cambiar y que cumplir una misión no garantiza estar a salvo de quienes supuestamente son aliados.
La actualidad ha terminado dando una relevancia inesperada a algunos de los acontecimientos planteados por la ficción. Las protestas sociales, la represión y las tensiones relacionadas con el poder militar iraní forman parte de la historia de la serie, pero los acontecimientos reales de los últimos años han demostrado hasta qué punto la situación entre ambos países puede superar cualquier planteamiento imaginado por un guionista.
Por eso, más allá de sus escenas de acción, Teherán funciona especialmente bien cuando se observa como una historia sobre personas atrapadas en un conflicto que las supera. Sus espías tienen órdenes, pero también miedo; defienden una causa, aunque pagan un precio por hacerlo. Y ahí reside buena parte del atractivo de una producción que propone mirar el enfrentamiento entre Israel e Irán desde una zona mucho menos cómoda: aquella en la que resulta difícil señalar con absoluta certeza quién es el héroe y quién el enemigo.