Arvit: 19:15
Shajarit: 9:00
Minja: 18:15
Las palabras pronunciadas por el Presidente de Israel, Isaac Herzog, desde Costa Rica, tras la acusación formal contra mohalim en Bélgica por realizar el Brit Milá, no son únicamente una reacción diplomática. Son una advertencia moral. Una llamada de atención para Europa y para el mundo judío.
Una investigación sobre tres mohelim en Amberes ha desatado un conflicto diplomático entre Bruselas y Washington. ¿Qué normas rigen en Bélgica y en otros países y cómo ha reaccionado la comunidad religiosa?
Después de que el embajador estadounidense en Bélgica, Bill White, acusara a su país anfitrión de antisemitismo por sus leyes que regulan la circuncisión, el Gobierno belga se vio envuelto en un encendido debate público.
Las críticas de White se desencadenaron por un caso judicial que se remonta a mayo de 2025, cuando la Policía de Amberes registró los domicilios de tres mohelim (personas que practican la circuncisión según los ritos religiosos judíos) sospechosos de realizarla sin la participación de un profesional médico titulado.
"En Bélgica, la ley establece de forma estricta que sólo los médicos pueden realizar circuncisiones o cualquier operación similar", explicó a 'Euronews' Dirk Devroey, profesor de medicina de familia en la universidad VUB, con sede en Bruselas.
El Brit Milá no es un acto secundario dentro de la tradición judía. Es uno de los pactos fundacionales del judaísmo. Desde tiempos bíblicos, representa el vínculo espiritual entre el pueblo judío y Dios, una ceremonia que ha sobrevivido expulsiones, inquisiciones, pogromos y exterminios. Intentar criminalizarla no puede entenderse simplemente como un asunto administrativo o jurídico: toca el corazón mismo de la libertad religiosa.
Por ello, las declaraciones de Herzog resonaron con tanta fuerza:
“Esto es incomprensible, indignante y algo que no tiene resonancia después de que, décadas atrás, los judíos de Bélgica fueran expulsados por ser judíos y enviados a campos de concentración y exterminio”.
La dimensión histórica resulta inevitable. Bélgica fue uno de los países europeos donde miles de judíos fueron perseguidos y deportados durante la Holocausto. Escuchar hoy que autoridades belgas procesan a mohalim por cumplir con una práctica milenaria despierta un eco doloroso: el de una Europa que prometió jamás volver a señalar las prácticas judías como incompatibles con la sociedad.
El debate sobre la circuncisión ritual ha aparecido periódicamente en distintos países europeos bajo argumentos vinculados a derechos infantiles o regulación sanitaria. Sin embargo, para las comunidades judías, el trasfondo suele percibirse como mucho más profundo: la creciente dificultad de vivir plenamente una identidad judía en ciertos espacios occidentales.
La preocupación no se limita al judaísmo. Cuando una sociedad comienza a cuestionar prácticas religiosas esenciales de minorías históricas, el problema deja de ser exclusivamente comunitario y se convierte en una discusión sobre los límites reales de la tolerancia democrática.
La Brit Milá ha acompañado al pueblo judío incluso en sus momentos más oscuros. Durante el régimen nazi, hubo padres que arriesgaron la vida para circuncidar a sus hijos en secreto. En la Unión Soviética comunista, donde la religión era perseguida, muchos judíos mantuvieron la tradición clandestinamente. La persistencia de este ritual simboliza la supervivencia de una identidad colectiva que nunca aceptó desaparecer.
Por ello, la condena de Herzog no fue únicamente política. Fue profundamente histórica y emocional. Al llamar a líderes mundiales y judíos a solidarizarse con la comunidad judía belga, el Presidente israelí colocó el tema en el terreno donde realmente pertenece: el de la defensa de la libertad de culto y la dignidad de las minorías religiosas.
Europa enfrenta hoy un desafío complejo. Combatir el antisemitismo no implica solamente proteger sinagogas o condenar discursos de odio. También significa garantizar que los judíos puedan vivir su judaísmo sin temor, sin criminalización y sin tener que justificar prácticas que forman parte esencial de su existencia desde hace más de tres mil años.
Porque cuando una tradición ancestral debe defenderse ante tribunales, la pregunta ya no es únicamente qué ocurre con los judíos. La pregunta es qué está ocurriendo con la conciencia moral de Occidente.