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Lo que parecía improbable terminó ocurriendo. El nuevo acuerdo impulsado por el presidente Donald Trump con Irán ha conseguido algo que ni el histórico pacto nuclear de 2015 logró: generar una oposición casi unánime entre las principales organizaciones judías de Estados Unidos, tanto conservadoras como progresistas.
A diferencia del acuerdo nuclear promovido por la administración de Barack Obama —que dividió profundamente a la comunidad judía estadounidense entre partidarios y detractores—, la iniciativa anunciada por Trump ha despertado recelos en prácticamente todo el espectro político. Aunque los términos definitivos aún no se han hecho públicos, las primeras señales provenientes de la Casa Blanca han sido suficientes para encender las alarmas.
De acuerdo con las declaraciones adelantadas por el presidente Trump y el vicepresidente J.D. Vance, el entendimiento contempla la reapertura del Estrecho de Hormuz, bloqueado desde el inicio de la guerra el pasado 28 de febrero; un importante alivio de sanciones económicas contra Irán; y el compromiso iraní de abandonar a largo plazo cualquier programa destinado a desarrollar armas nucleares bajo mecanismos de supervisión internacional.
Sin embargo, para muchos observadores, las ausencias son tan relevantes como los compromisos anunciados. Hasta ahora no existen indicios de que el acuerdo incluya limitaciones al programa de misiles balísticos iraníes ni a la red de organizaciones armadas respaldadas por Teherán en Medio Oriente, dos de las principales preocupaciones de seguridad para Israel.
A ello se suma otro elemento particularmente sensible: Israel habría quedado fuera de las negociaciones finales pese a haber participado junto a Estados Unidos en el conflicto militar que precedió al acuerdo. La exclusión ha generado incomodidad incluso entre aliados tradicionales de Trump.
Entre los sectores progresistas y demócratas, el cuestionamiento principal gira en torno al trato dispensado a Israel y a lo que consideran una contradicción en la política exterior del mandatario republicano.
“En el peor de los casos, esto es una admisión de derrota por parte de Estados Unidos. Donald Trump estaba tan desesperado por conseguir un acuerdo con Irán que estuvo dispuesto a dejar de lado a Israel sin tapujos”, afirmó Halie Soifer, directora ejecutiva del Jewish Democratic Council of America.
Por su parte, la organización J Street celebró el fin de las hostilidades, pero sostuvo que la guerra nunca debió haberse producido. El grupo recordó que el acuerdo nuclear de 2015 había establecido mecanismos de control sobre el programa iraní antes de que Trump decidiera abandonarlo durante su primer mandato.
Las críticas más llamativas provienen, sin embargo, de sectores que históricamente respaldaron la línea dura de Trump frente a Irán. Morton Klein, presidente de la Zionist Organization of America, calificó la información conocida hasta ahora como “profundamente problemática” y cuestionó que Washington contemple aliviar sanciones antes de obtener el desmantelamiento efectivo de las capacidades nucleares y misilísticas iraníes.
El poderoso lobby proisraelí AIPAC evitó pronunciarse oficialmente, aunque compartió en redes sociales declaraciones del senador republicano Rick Scott, quien insistió en que cualquier acuerdo serio debe eliminar de manera permanente las ambiciones nucleares de Irán, su programa de misiles y su apoyo a organizaciones terroristas.
Las dudas no se limitan a organizaciones comunitarias. En el Capitolio, varios legisladores han expresado reservas sobre el contenido del entendimiento. El senador republicano Lindsey Graham señaló que aún no está claro si Washington y Teherán interpretan de la misma manera los compromisos alcanzados y subrayó que cualquier acuerdo de esta magnitud debería ser sometido al escrutinio y aprobación del Congreso.
Frente a la creciente ola de cuestionamientos, el vicepresidente Vance defendió públicamente la iniciativa y aseguró que gran parte de las críticas se basan en interpretaciones incompletas de las negociaciones.
“Si los iraníes están dispuestos a asumir un compromiso a largo plazo, junto con una verificación adecuada, para renunciar a esa arma nuclear, estamos dispuestos a darles la bienvenida a la economía mundial, levantar algunas sanciones y dar vuelta a la página”, afirmó.
Precisamente esa declaración resume el corazón del debate. Para la administración Trump, la combinación de incentivos económicos, supervisión internacional y compromisos de largo plazo ofrece una vía pragmática para evitar una nueva escalada militar y estabilizar la región.
Para sus críticos, en cambio, el acuerdo corre el riesgo de repetir errores del pasado. Argumentan que el alivio de sanciones podría otorgar a Teherán importantes beneficios económicos antes de que exista evidencia tangible del desmantelamiento de sus capacidades estratégicas. También advierten que los mecanismos de verificación han sido históricamente uno de los puntos más vulnerables y controvertidos en cualquier negociación con la República Islámica.
Ante la firma oficial del acuerdo, organizaciones judías estadounidenses que rara vez coinciden en asuntos relacionados con Israel e Irán se encuentran hoy expresando preocupaciones similares.
Aunque cada sector llega a sus conclusiones por razones distintas, existe un denominador común: la percepción de que el pacto podría otorgar concesiones significativas a Teherán sin resolver de manera definitiva las amenazas que más preocupan a Israel y a gran parte de la comunidad judía estadounidense.
Paradójicamente, el presidente que durante años logró consolidar amplios apoyos entre los grupos proisraelíes podría haber encontrado en este acuerdo uno de los pocos temas capaces de unirlos, aunque sea en su contra.