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El perdón también se hereda

Yom Kipur nos invita a reflexionar sobre el perdón y sobre el ejemplo que damos a nuestros hijos y nietos cuando permitimos que los agravios dividan a una familia.

Por Susy Anderman

A veces somos testigos de familias desunidas por diferencias que comenzaron con una discusión, una palabra dolorosa o una injusticia que nunca logró resolverse. Con el paso del tiempo, el origen del conflicto puede volverse confuso, pero la distancia permanece: se dejan de compartir las celebraciones, los hermanos se alejan y los hijos y nietos terminan heredando resentimientos que no les pertenecen.

Yom Kipur nos llama a detenernos frente a esta realidad.

En el día más solemne del calendario judío, pedimos perdón a Di-s, pero nuestra tradición enseña que las ofensas cometidas contra otra persona requieren también reconocer el daño, acercarnos y pedir perdón con sinceridad.

Hacerlo no siempre es sencillo. Requiere humildad para aceptar que pudimos equivocarnos, incluso cuando también fuimos lastimados. Supone renunciar a la necesidad de tener siempre la razón y atrevernos a dar el primer paso.

Perdonar no significa olvidar lo sucedido ni justificar una conducta dañina. Tampoco obliga a restablecer una relación cuando siguen existiendo agresiones o abusos. Hay circunstancias en las que resulta indispensable establecer límites. Sin embargo, incluso entonces podemos evitar que el resentimiento gobierne nuestra vida y se transmita a las siguientes generaciones.

Los adultos solemos pensar que los problemas familiares pertenecen únicamente a quienes participaron en ellos, pero los hijos y nietos observan mucho más de lo que imaginamos.

Perciben los lugares vacíos alrededor de la mesa, escuchan cómo se habla de quienes ya no están presentes y aprenden qué nombres es preferible no mencionar. Algunas veces se les pide, de manera abierta o silenciosa, que elijan un lado y reproduzcan una enemistad cuyo origen apenas comprenden.

¿Qué mensaje reciben entonces? ¿Que el orgullo vale más que el vínculo? ¿Que una diferencia justifica años de ausencia?

También podemos enseñarles algo distinto: que una persona puede reconocer sus errores, escuchar, pedir perdón y tratar de reparar el daño. Que las diferencias no necesariamente destruyen el cariño y que siempre es preferible conversar antes que permitir que el silencio se convierta en una barrera.

Nuestros hijos y nietos no necesitan familias perfectas. Necesitan familias capaces de reconocer sus heridas y esforzarse por no quedar prisioneras de ellas.

Esta reflexión resulta especialmente importante en el momento que vivimos. El antisemitismo vuelve a manifestarse con una agresividad que creíamos superada. Presenciamos distorsiones de la historia, expresiones de odio y una creciente hostilidad hacia las comunidades judías.

Frente a un mundo que intenta fragmentarnos, la unidad se convierte en una forma de protección y resistencia.

Esto no significa que debamos pensar de la misma manera. La unidad no exige uniformidad. Podemos tener opiniones distintas sobre política, religión o cualquier otro aspecto de la vida y conservar, al mismo tiempo, el respeto, el afecto y el sentido de pertenencia.

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Nuestro pueblo ha sobrevivido no porque haya permanecido libre de diferencias, sino porque ha sabido reconocerse como parte de una historia y un destino compartidos.

Hoy nuestros hijos y nietos necesitan saber que la familia puede ser un refugio; que, aunque afuera encuentren prejuicio, incomprensión o rechazo, existe una mesa a la que pueden regresar y una identidad que los une con quienes estuvieron antes y con quienes vendrán después.

Yom Kipur nos invita a preguntarnos qué huella estamos dejando. Además de nuestras tradiciones y recuerdos, transmitimos a las nuevas generaciones nuestra manera de amar, de enfrentar una ofensa y de resolver los conflictos.

Tal vez no sea posible reparar todas las relaciones. Algunas heridas necesitan tiempo y otras requieren conversaciones difíciles. Pero siempre podemos preguntarnos si existe alguien a quien debamos escuchar, alguien a quien podamos pedir perdón o una distancia que todavía estemos a tiempo de acortar.

El perdón no cambia el pasado, pero puede transformar el futuro de una familia.

Que nuestros hijos y nietos no hereden resentimientos, sino la capacidad de superarlos. Y que frente a un mundo que pretende dividirnos, encuentren en nosotros el ejemplo de una familia y un pueblo que eligen permanecer unidos.

Gmar Jatimá Tová.

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