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El sendero entre dos memorias

MTRO. ILAN EICHNER W.

Salimos de Yad Vashem ya bien entrada la tarde, con la reserva interna que uno carga cuando aún no ha encontrado dónde acomodar lo recién visto, que, aunque es conocido, cada vez estremece. Caminaba junto con un amigo muy cercano rumbo a Har Herzl por el sendero que sale del museo. La proximidad física entre ambos sitios me ha parecido siempre desconcertante. En Ierushalaim hay trayectos brevísimos que imponen al caminante una tarea desproporcionada, pues el mapa de la Ciudad parece diseñado para no permitir asimilar nada con holgura.

Recuerdo que había sol. Un sol tardío, de los que pegan de frente sin calentar del todo, típico de las tardes de la época. Recuerdo también que hablábamos de asuntos menores, no por frivolidad, pero porque hay momentos en los que conversar sobre lo intrascendente funciona como una pequeña defensa, una forma de no quedarse anclado en el peso de lo que se acaba de presenciar. Precisamente, por ser una conversación olvidable, la recuerdo con nitidez.

La ciudad seguía su curso ordinario. Escuchábamos que a lo lejos pasaban coches, alguien cruzó junto a nosotros con prisa, el aire invitaba a esa frescura particular de los lugares abiertos, que genera, engañosamente, una impresión de serenidad. Entonces, empezó la sirena.

Todo se paró con una naturalidad que aún hoy me conmueve. Nosotros nos frenamos también, no hizo falta decirlo. Mi amigo quedó a mi lado, un paso adelante. Encontramos incomodidad en la mirada del otro, por lo que dirigimos los ojos al suelo. Me acuerdo perfectamente de esa quietud repentina. Parecía algo más hondo que una ceremonia cívica, como si la Bendita Ciudad hubiera entrado sin aviso en una verdad que reconocía desde siempre.

En esos instantes uno comprende, de manera no argumentativa, algo que en frío suena casi obvio. La memoria no se agota en el verbo recordar, lleva una disciplina moral. Conmemorar implica dureza, demanda cargar con algo, no pasar de largo. En Israel esa exigencia se vuelve visible con una claridad casi insoportable, porque mientras suena la sirena nadie pretende que la vida continúe igual. Todo se detiene, la vida misma se interrumpe.

Estábamos justamente entre Yad Vashem y Har Herzl. Entre el lugar donde se preserva la memoria del intento de exterminio de nuestro Pueblo y aquel donde reposan tantos de quienes cayeron para que ese mismo Pueblo pueda vivir libre en su Tierra. Aquella caminata breve es la representación de generaciones enteras de dolor, resistencia y, sobre todas las cosas, continuidad.

Vuelvo con frecuencia a una enseñanza del Talmud (Sanedrín 37A), según la cual quien destruye una vida destruye al mundo entero. La he leído y citado muchas veces, sin embargo, llegan momentos, en los que esa afirmación deja de ser intelectual y se reubica en un plano distinto. Durante la sirena, parado a mitad del sendero, pensaba justamente en eso, en la imposibilidad de reducir una ausencia a una cifra, en todo lo que queda suspendido cuando una vida se trunca. Reflexionaba sobre la cantidad de futuros que no alcanzaron a existir y en la naturaleza profundamente engañosa de los números, que permiten contar al precio de estorbar la comprensión.

Por lo previo, Yom Hazikaron posee una fuerza moral muy particular, puesto que impide que la pérdida se diluya en una estadística, un discurso público o cierta costumbre nacional. Avishai Margalit lo formuló con precisión en “The Ethics of Memory”, en donde explica que la memoria compartida no funciona como ornamento sentimental de la vida colectiva. Margalit enseña que la recordación opera como condición moral de aquellas comunidades que aspiran a sostener algún tipo de decencia, sosteniendo su tesis en que hay pueblos que recuerdan porque les agrada contarse a sí mismos una historia favorable, pero hay otros que recuerdan porque saben que aflojar la memoria tendría un costo impagable. Israel pertenece, con toda claridad, al segundo grupo.

Lo más fuerte de aquella sirena, con todo, era lo ocurrido en el fuero interno, lejos de la experiencia compartida de todos los que la escuchábamos. Ante el estruendo, estar rodeado de otros, en esa ocasión, no produjo en mí una sensación de compañía tranquilizadora, pero sí generó una sensación de responsabilidad de seguir, de darle mérito al sacrificio de otros, y de continuar transmitiendo la importancia de ese día a las futuras generaciones.

Durante la alarma, que, aunque muy breve, pareció eterna, regresó a mi mente otra enseñanza, la de uvajarta bajaim, elegir la vida, contenida en Devarim (30:19), un pasuk que suele recitarse con una ligereza que no le corresponde, y que ahí, parado en el sendero, rumbo a Har Herzl, se me presentó con una exigencia muy distinta. Elegir la vida no significa, en rigor, preferirla a la muerte, lo cual sería una obviedad indigna del texto. La frase apunta a algo bastante más incómodo: asumir la responsabilidad de llenar de contenido los días que uno todavía tiene, cuando tantos otros, precisamente aquellos cuya memoria Yom Hazikaron convoca, perdieron esa posibilidad en el campo de batalla, en un atentado, en una emboscada, defendiendo la existencia misma del Estado de Israel y todo lo que representa.

Elegir la vida, entendido así, implica decisiones concretas. Implica construir una familia judía, cuando hubo soldados de veinte años que cayeron en el Sinaí, en el Golán o en Gaza, sin alcanzar a formar la suya. Implica estudiar Torá, cuando hubo jayalim que llevaban un libro de Tehilim en el bolsillo del uniforme y no regresaron a terminar la página que estaban leyendo. Implica educar hijos en la identidad de nuestro Pueblo, cuando hubo padres cuyos hijos crecieron mirando fotografías en el recibidor de casa, con la bandera doblada encima del marco. Implica sostener Instituciones Comunitarias, defender al Estado de Israel con la palabra y con el argumento desde la Diáspora, escribir, enseñar, discutir, comprometerse.

Empero, sobre todas las cosas, elegir la vida en el contexto de Yom Hazikaron significa rechazar con firmeza las formas sutiles de muerte que acechan a quien es beneficiario involuntario del sacrificio de otros: la indiferencia frente al noticiero, la asimilación cómoda que despolitiza la identidad judía para no ‘incomodar’ al entorno, el olvido voluntario de los nombres concretos, el cinismo que reduce cada caído a una estadística militar, la banalización del uniforme, la fatiga moral de quien ya no quiere oír hablar del conflicto. Cada una de esas actitudes representa, a su modo, una pequeña concesión póstuma a quienes quisieron borrarnos, y, simultáneamente, una traición discreta a quienes murieron evitándolo.

Las víctimas del terror, los fallecidos en la Shoá y los jalalim de todas las guerras de Israel, ya no pueden elegir nada, porque muy lamentablemente, esa posibilidad quedó del lado nuestro, como privilegio y como carga. Vista desde ese punto exacto del sendero, a pocos metros de las tumbas que en instantes estaríamos visitando, escuchando la sirena que sonaba simultáneamente para ellos y para nosotros, la frase pesa, pesa muchísimo, porque deja de ser un versículo y se convierte en una pregunta dirigida personalmente a cada uno: qué estoy haciendo yo, hoy, con la vida que tantos entregaron para que el Pueblo de Israel pudiera seguir viviéndola.

Mi amigo permaneció en silencio durante la sirena, y me pregunto qué habrá pasado por su mente en ese momento. Cuando terminó, levantamos la cabeza y la ciudad volvió a moverse con la vacilación característica de los cuerpos al retomar una acción interrumpida. Nosotros seguimos caminando hacia nuestro destino.

La marcha, por supuesto, venía ya cargada de otra manera, íbamos rumbo a Har Herzl, y en ese trayecto mínimo sentía que se condensaba algo esencial de la historia judía contemporánea, de la vulnerabilidad absoluta al deber de defensa, de la memoria del desamparo al recuerdo del precio pagado por no volver a estar desamparados, y sobre todo, del duelo por quienes entregaron la vida para que siguiéramos aquí.

Desde aquella tarde, cuando pienso en Yom Hazikaron, no me viene a la mente primero una fecha, me evoca esa caminata, el sol de aquella tarde. Ierushalaim detenida, mi amigo a mi lado. La proximidad desconcertante entre Yad Vashem y Har Herzl.

Yom Hazikaron me invita, sobre todo, a la certeza de que una sirena puede partirle a uno el día y obligarlo a admitir, aunque sea durante unos minutos, que la continuidad judía nunca ha sido gratuita, que cada generación la recibe herida y la entrega con esfuerzo, y que vivir como judío después de haber escuchado esa sirena en Israel implica aceptar que la memoria, entre nosotros, rara vez se agota en un acto del corazón, opera también como una carga del alma.

Sea su memoria una bendición, al igual que lo fue su vida. Am Israel Jai

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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