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Cómo la fortaleza económica de Israel está golpeando a inmigrantes, organizaciones sociales y judíos de la diáspora
Mientras Israel enfrenta uno de los periodos bélicos más complejos de su historia reciente, un fenómeno aparentemente contradictorio comienza a redefinir la vida cotidiana de miles de personas: el fortalecimiento histórico del shekel frente al dólar.
Lo que para muchos economistas representa una señal de resiliencia y confianza internacional en la economía israelí, para inmigrantes estadounidenses, organizaciones sociales y sectores dependientes de donaciones del extranjero se ha convertido en una auténtica crisis silenciosa.
El sueño sionista frente a una nueva realidad económica
Durante más de un año, Yisrael HaBahiyir ahorró cuidadosamente para concretar uno de los mayores anhelos de muchos judíos de la diáspora: hacer aliyá y comenzar una nueva vida en Israel.
Tras dejar su trabajo administrativo en una sinagoga del estado de Nueva York y establecerse en Tel Aviv, experimentó de inmediato el impacto de la nueva realidad cambiaria israelí.
Cuando transfirió el dinero de su renta desde su cuenta bancaria estadounidense a través de Western Union, descubrió que recibía cientos de shekels menos de lo habitual.
“Ahí entendí que el shekel se estaba fortaleciendo”, relató.
La escena se repite cada vez más entre inmigrantes norteamericanos que mantienen sus ahorros, pensiones o ingresos en dólares mientras viven en una economía completamente dolarizada en sentido inverso: gastos cotidianos en shekels cada vez más caros.
Durante buena parte de la última década, el dólar fuerte representó una ventaja para los olim estadounidenses. Sus ingresos rendían más dentro de Israel y permitían sostener rentas, alimentación y servicios con relativa comodidad.
Hoy la situación cambió radicalmente.
Con un tipo de cambio que se acerca a menos de tres shekels por dólar —uno de los niveles más favorables para la moneda israelí en casi tres décadas—, muchos inmigrantes están viendo erosionado su poder adquisitivo.
Lauren Adilav, editora independiente que trabaja para autores estadounidenses, resume el problema con crudeza:
“Antes, 1,500 dólares me alcanzaban para cubrir prácticamente todos mis gastos. Ahora el dinero simplemente ya no alcanza.”
El fortalecimiento del shekel afecta especialmente a quienes dependen de ingresos provenientes del exterior: jubilados, freelancers, trabajadores remotos y familias que aún conservan vínculos económicos con Estados Unidos.
Incluso personas que llegaron a Israel hace décadas están replanteando sus estilos de vida.
Adilav decidió mudarse de Jerusalén a Cisjordania buscando reducir costos. Otros inmigrantes han comenzado a reconsiderar contratos de renta, planes de retiro e incluso la viabilidad de permanecer en ciertas zonas urbanas.
Judy Diamond, quien emigró hace cuatro años desde Nueva York con la intención de jubilarse en Jerusalén, asegura que la situación financiera se ha vuelto angustiante.
“Ya no puedo pagar mi renta. Me quita el sueño”, confesó.
Pero el fenómeno no sólo afecta a individuos.
Gran parte del sector social israelí depende históricamente de donaciones provenientes de la diáspora, particularmente de Estados Unidos. Y cuando esas aportaciones llegan en dólares pero los salarios, programas y gastos operativos deben cubrirse en shekels fortalecidos, el déficit se multiplica.
La organización ortodoxa Aish HaTorah anunció recientemente despidos y retrasos en pagos salariales debido a la presión financiera derivada del nuevo tipo de cambio.
Leket Israel, una de las principales organizaciones de rescate alimentario del país, también ha advertido sobre la necesidad urgente de replantear su modelo de financiamiento.
Lo mismo ocurre con asociaciones dedicadas a rehabilitación de adicciones, ayuda a inmigrantes y asistencia social.
“Esta es probablemente la conversación más importante hoy dentro del sector de organizaciones no gubernamentales en Israel”, explicó Leah Aharoni, directora ejecutiva de la organización Our People, dedicada a apoyar la inmigración de judíos rusoparlantes.
Muchas instituciones han optado por congelar contrataciones, reducir programas o posponer expansiones.
Sin embargo, existe también un factor emocional y político detrás de la crisis.
Tras casi tres años de guerra continua y desgaste internacional, numerosas organizaciones temen solicitar mayores aportaciones a donantes judíos en el extranjero, conscientes de la fatiga económica y emocional que atraviesa buena parte de la diáspora.
“Israel ya no está necesariamente al centro de las prioridades de muchos donantes”, reconoce Aharoni.
Lo más sorprendente para muchos israelíes es que el fortalecimiento del shekel ocurre precisamente en medio de un entorno regional explosivo.
La guerra con Irán, la caída del turismo y la tensión permanente parecían apuntar hacia un debilitamiento económico. Sin embargo, ocurrió lo contrario.
Diversos economistas señalan que la economía tecnológica israelí —particularmente el sector de defensa y alta tecnología— ha mantenido un crecimiento sostenido incluso durante la guerra.
En 2024 las exportaciones tecnológicas alcanzaron cerca de 78 mil millones de dólares, mientras que durante la primera mitad de 2025 el high-tech representó más de la mitad de las exportaciones israelíes.
La inversión extranjera en innovación, ciberseguridad y tecnología militar continúa fluyendo hacia Israel, fortaleciendo indirectamente al shekel.
Para algunos analistas, esto confirma la capacidad histórica israelí de convertir periodos de crisis en aceleradores de innovación tecnológica y financiera.
Pero para gran parte de la población, esa fortaleza macroeconómica no necesariamente se traduce en estabilidad cotidiana.
El impacto se extiende también al turismo y al mercado inmobiliario.
Joel Haber, guía gastronómico en Jerusalén, explica que la combinación de guerra y fortalecimiento del shekel ha sido devastadora para quienes dependen del turismo internacional.
“Es como agregar insulto a la herida”, afirmó.
Aunque continúa cobrando en dólares, el valor real de sus ingresos cayó cerca de un 20% durante el último año.
Por otro lado, estadounidenses que compraron departamentos “sobre planos” en Israel enfrentan pagos mucho más elevados de los que originalmente calcularon.
Muchos contratos inmobiliarios fueron firmados bajo escenarios cambiarios completamente distintos, y ahora las mensualidades o pagos finales representan sumas considerablemente mayores en dólares.
El fenómeno ha comenzado a abrir un debate profundo sobre la estructura económica israelí y sus efectos sociales.
Mientras algunos celebran el fortalecimiento del shekel como símbolo de estabilidad nacional y confianza global, otros advierten que una moneda demasiado fuerte puede afectar exportaciones, empleo, turismo y calidad de vida.
Además, pone en evidencia una tensión histórica dentro del proyecto sionista contemporáneo: la relación entre Israel y la diáspora.
Durante décadas, el apoyo financiero del judaísmo mundial ayudó a construir instituciones, hospitales, universidades y organizaciones sociales israelíes. Hoy, la realidad económica obliga a muchas de esas instituciones a preguntarse si ese modelo sigue siendo sostenible.
Paradójicamente, el mismo Israel que logró consolidarse como potencia tecnológica global comienza ahora a volverse demasiado caro incluso para muchos de quienes soñaban con construir allí su futuro.
Y detrás de los indicadores positivos, el shekel fuerte está revelando una verdad incómoda: la resiliencia económica de una nación también puede generar nuevas formas de fragilidad social.