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Por Susy Anderman
La Kehilá Ashkenazí y muchas instituciones comunitarias lamentan la irreparable pérdida de nuestra querida amiga Lili Saltiel.
Sabemos que en nuestra comunidad hay nombres que no solo se recuerdan: se convierten en referencia. No por estridencia, no por protagonismo, sino por la profundidad silenciosa de su impacto. Alejandro y Lili Saltiel pertenecen a esa categoría poco frecuente de personas cuya huella no se mide en presencia pública, sino en la transformación concreta que generan en los otros.
Hablar de ellos es hablar de una forma de entender la vida comunitaria: no como pertenencia pasiva, sino como responsabilidad activa.
A lo largo de los años, su compromiso con la Comunidad Judía de México, con México y el Estado de Israel no fue episódico ni circunstancial. Fue sostenido, consciente y, sobre todo, coherente. En un entorno donde la filantropía puede a veces confundirse con visibilidad, ellos eligieron otro camino: el de la discreción efectiva. Dar sin necesidad de exhibir. Construir sin reclamar crédito.
Su contribución se inscribe en una tradición profundamente judía: Tzedaká—ese acto de generosidad que no responde a la obligación, sino a la convicción moral. Pero en su caso, el dar no fue únicamente un principio abstracto; fue una práctica constante que fortaleció instituciones, acompañó causas y sostuvo proyectos que hoy forman parte del tejido comunitario.
México fue uno de los territorios donde esa vocación encontró expresión concreta. Su participación ayudó a consolidar espacios, iniciativas y redes que dan continuidad a la vida judía en sus múltiples dimensiones: educativa, cultural, social, asistencial. Israel, por su parte, no fue para ellos una idea lejana, sino un vínculo vivo, una extensión natural de su identidad y su responsabilidad histórica.
Hay una cualidad que distingue a los grandes filántropos: entienden que dar no es un acto aislado, sino una forma de construir futuro. Alejandro y Lili Saltiel lo entendieron con claridad. Su apoyo no se limitó al presente inmediato, sino que estuvo orientado a generar permanencia, a garantizar que aquello que se impulsa hoy tenga continuidad mañana.
En tiempos donde lo inmediato suele imponerse sobre lo trascendente, su ejemplo resulta particularmente valioso. Nos recuerda que las comunidades no se sostienen solas. Se sostienen gracias a personas que deciden involucrarse, comprometerse y actuar.
Su legado no se agota en las obras que impulsaron. Vive en las instituciones que fortalecieron, en las personas que acompañaron y en la cultura de responsabilidad que ayudaron a consolidar.
Pero quizá lo más importante es que su ejemplo plantea una pregunta implícita para todos nosotros: ¿qué hacemos, desde nuestro lugar, para sostener aquello que nos sostiene?
Porque al final, la verdadera filantropía no es solo dar. Es entender que el destino individual está inevitablemente ligado al destino colectivo.
Y en ese sentido, Alejandro y Lili Saltiel Z”L no solo contribuyeron a una comunidad. Ayudaron a definirla.
Su impronta filantrópica debe quedar como un testimonio permanente en nuestra historia comunitaria.
Zijroná Lebrajá.