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Herzog llama a renovar el contrato social israelí ante el riesgo de fractura interna

En un momento marcado por la guerra, la polarización política y la proximidad de nuevas elecciones, el presidente de Israel, Isaac Herzog, lanzó un llamado urgente a reconstruir el pacto de convivencia entre los ciudadanos israelíes.

Durante su participación en la Conferencia de Herzliya 2026, celebrada en la Universidad Reichman, Herzog advirtió que Israel enfrenta no sólo amenazas externas, sino también un profundo desafío interno: la posibilidad de que la sociedad se fragmente en grupos aislados, enfrentados entre sí y convencidos de que el adversario político es un enemigo.

El presidente israelí habló de una “emergencia cívica”, pero también de una emergencia de responsabilidad y esperanza. Su mensaje no fue partidista, sino institucional: Israel debe renovar las reglas básicas de su vida democrática para que la diferencia ideológica no derive en violencia, deslegitimación o ruptura social.

Herzog alertó sobre una realidad en la que sectores de la sociedad parecen considerar que la ley es apenas una recomendación. Cuando eso ocurre, señaló, el debate público se degrada en gritos, amenazas, noticias falsas y violencia. De ahí, dijo, hay un camino muy corto hacia la idea de que quien piensa distinto ya no es simplemente alguien equivocado, sino un enemigo.

El mandatario mencionó como señales de alarma la violencia en las calles, las guerras entre bandas criminales, los bloqueos de carreteras y el deterioro del respeto a las instituciones. Estos fenómenos, afirmó, no pertenecen a un solo sector político o social; son advertencias que deben preocupar a toda la ciudadanía.

En uno de los pasajes más significativos de su discurso, Herzog advirtió que Israel corre el riesgo de dejar de ser una sociedad diversa y vital, capaz de discutir y reconciliarse, para convertirse en un conjunto de “islas”: comunidades agotadas, encerradas en sí mismas, cada una con su propio sentimiento de persecución y su propia certeza absoluta de tener la razón.

Frente a ese peligro, Herzog propuso “reescribir el contrato israelí”. No se trata, explicó, de borrar identidades ni de exigir uniformidad, sino de construir marcos comunes que permitan a todos los sectores crecer juntos, cambiar juntos y seguir compartiendo un destino nacional.

Ese nuevo contrato, según Herzog, debe partir de una idea esencial: en una democracia es legítimo luchar por las propias convicciones, discutir con firmeza y criticar a las autoridades, pero nunca romper las reglas que hacen posible la vida en común. La libertad, subrayó, no puede confundirse con ausencia de ley.

El presidente insistió en que sin una ley común no puede existir un Estado compartido. Israel puede y debe debatir sobre políticas, valores, gobiernos e instituciones, pero no puede permitir que cada grupo viva bajo su propio orden, ni que la criminalidad sea tolerada cuando proviene del propio sector político, social o comunitario.

Su mensaje tuvo especial fuerza al referirse a las elecciones. Herzog recordó que perder una elección no significa perder el país, y ganar una elección no otorga permiso para borrar a la mitad de la sociedad. Un ciudadano puede apoyar al gobierno sin ser enemigo de la democracia, y puede oponerse a él sin convertirse en enemigo del pueblo.

“Las elecciones no son una guerra civil”, advirtió. Son, por el contrario, el mecanismo democrático que permite resolver desacuerdos sin violencia. Por ello, llamó a la ciudadanía a participar, votar, respetar el proceso electoral y aceptar sus resultados.

El presidente también hizo hincapié en que las elecciones cambian gobiernos, pero no reemplazan a un pueblo. Esa frase resume el núcleo de su intervención: Israel necesita recuperar la conciencia de que, más allá de sus divisiones, sigue existiendo una comunidad nacional compartida.

En ese sentido, Herzog defendió la necesidad de un Estado de derecho sólido, con instituciones fuertes y límites claros entre los poderes. Para él, la democracia israelí no puede sostenerse únicamente en la intensidad de sus debates, sino en la capacidad de todos sus ciudadanos y dirigentes de aceptar reglas comunes.

Su discurso en Herzliya fue una advertencia, pero también una invitación. Advertencia ante el riesgo de desintegración social; invitación a reconstruir confianza, responsabilidad y pertenencia. En plena guerra y ante un calendario político que puede profundizar las tensiones, Herzog pidió mirar más allá de la victoria electoral inmediata y pensar en la supervivencia del tejido social israelí.

El desafío que planteó no es menor: que Israel siga siendo una sociedad de voces distintas, pero no de enemigos internos; una democracia apasionada, pero no desbordada; un país capaz de discutir con fuerza, sin olvidar que el destino común es más importante que cualquier diferencia política.

 

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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