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El nuevo plan gubernamental busca dar continuidad al tratamiento físico, emocional, familiar y laboral de miles de jóvenes que sobrevivieron a las masacres del 7 de octubre de 2023 en el festival Nova y otros encuentros realizados en el sur de Israel.
Jerusalén, julio de 2026.— Casi tres años después de los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023, Israel enfrenta una de las heridas más complejas de aquella jornada: la rehabilitación de los sobrevivientes de los festivales y fiestas del sur, miles de jóvenes que salieron con vida de una masacre, pero que desde entonces cargan con secuelas físicas, emocionales, familiares y sociales de largo alcance.
El Gobierno de Israel aprobó un nuevo plan de apoyo por aproximadamente 60 millones de shekels para los años 2026–2028, con el objetivo de fortalecer la atención a los sobrevivientes de los festivales del sur y a sus familias. La decisión, impulsada por el Primer Ministro Benjamín Netanyahu, busca asegurar la continuidad del tratamiento, la rehabilitación y la reintegración laboral de quienes fueron reconocidos como víctimas de actos hostiles tras los ataques del 7 de octubre.
La medida llega en una etapa distinta de la tragedia. Ya no se trata únicamente de responder a la emergencia inmediata, sino de acompañar un proceso prolongado de reconstrucción personal. De acuerdo con datos oficiales, alrededor de 3,600 sobrevivientes de los festivales han sido reconocidos como víctimas de actos hostiles, una categoría que permite acceder a derechos, tratamientos y beneficios del Estado.
El caso más conocido es el del festival Nova, realizado cerca del kibutz Re’im. Allí fueron asesinadas más de 370 personas y decenas fueron secuestradas hacia Gaza, en uno de los episodios más brutales del ataque perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023.[1] Lo que comenzó como una celebración de música y libertad se transformó en una escena de persecución, muerte, heridas, desapariciones y trauma colectivo.
El nuevo programa aprobado por el gobierno israelí parte de una premisa fundamental: la supervivencia no terminó con el rescate. Para muchos de los jóvenes que lograron escapar, la vida cotidiana quedó atravesada por trastornos de sueño, ansiedad, síntomas severos de estrés postraumático, aislamiento, dificultades para volver al trabajo o a los estudios, consumo problemático de sustancias, enojo, hipervigilancia y una sensación persistente de inseguridad.
Uno de los ejes centrales del plan será la creación de un sistema de acompañamiento personal a través de una “dirección gubernamental única”, destinada a facilitar el acceso a derechos, coordinar a las distintas instancias terapéuticas y garantizar continuidad en los procesos de rehabilitación. La intención es reducir la dispersión burocrática que muchas víctimas han enfrentado al tratar de obtener apoyo médico, psicológico, económico o social.
El plan también amplía el apoyo a las familias de los sobrevivientes. Esta dimensión resulta clave, porque en muchos casos son los padres, parejas, hermanos o círculos cercanos quienes sostienen diariamente el proceso de recuperación. El trauma, en estos casos, no queda contenido en la persona que estuvo físicamente en el lugar del ataque: se extiende al hogar, modifica rutinas, altera vínculos y exige herramientas para acompañar sin colapsar emocionalmente.
Otro componente relevante será el desarrollo de programas específicos de prevención, intervención y tratamiento frente al abuso de sustancias. La medida responde a una preocupación creciente entre profesionales y organizaciones de apoyo: algunos sobrevivientes han recurrido al alcohol, drogas o medicamentos psiquiátricos como formas de lidiar con el dolor, la ansiedad o los recuerdos intrusivos.
En materia de salud mental, la decisión gubernamental contempla ampliar las respuestas médicas y psicológicas, mejorar la accesibilidad a servicios de emergencia para sobrevivientes y familiares, y fortalecer la continuidad de la atención mediante una coordinación más clara entre los distintos organismos involucrados. La rehabilitación, en este contexto, no puede entenderse sólo como atención médica, sino como un proceso integral que incluye estabilidad emocional, reconstrucción de confianza, retorno gradual a la vida social y acompañamiento en momentos de recaída.
La crisis de salud mental entre los sobrevivientes ha encendido alertas públicas en Israel. Diversos reportes periodísticos han documentado cuadros severos de estrés postraumático, aislamiento, dificultades para reintegrarse a la vida cotidiana y preocupación por casos de riesgo suicida entre algunos sobrevivientes.[2] Aunque algunas cifras difundidas públicamente no han sido confirmadas oficialmente, familias, terapeutas y organizaciones de apoyo han insistido en que la dimensión psicológica del 7 de octubre requiere una respuesta sostenida, especializada y sensible.
En paralelo a la acción estatal, organizaciones civiles surgidas tras la masacre han intentado llenar los vacíos de acompañamiento. Una de ellas es Nova Tribe Community Association, creada por productores del festival Supernova después del ataque, con el objetivo de apoyar la recuperación de sobrevivientes y familias en duelo mediante ayuda comunitaria, integración social, fortalecimiento de la salud mental, resiliencia y reducción del aislamiento.[3]
El componente laboral constituye otro pilar de la decisión gubernamental. A través del Ministerio de Trabajo, el Servicio de Empleo y el Instituto Nacional de Seguros, se buscará diseñar rutas personalizadas de rehabilitación e integración al empleo. Para muchos sobrevivientes, volver a estudiar, trabajar o proyectar un futuro ha sido una de las tareas más difíciles. La vida que tenían antes del 7 de octubre quedó interrumpida, y regresar a la normalidad exige mucho más que voluntad individual.
El gobierno también continuará desarrollando un sistema digital que permita coordinar a las distintas entidades involucradas, gestionar datos, facilitar el ejercicio de derechos y contar con una evaluación actualizada de la situación para la toma de decisiones. Esta herramienta busca evitar que los sobrevivientes tengan que repetir una y otra vez su historia ante distintas oficinas, y que los servicios públicos puedan responder de manera más ordenada y eficaz.
La supervisión del programa quedará a cargo de un comité de directores generales, mientras que una figura especial dentro de la Oficina del Primer Ministro coordinará el trabajo gubernamental, dará seguimiento a la implementación del plan y verificará que las respuestas se adapten a las necesidades cambiantes de los sobrevivientes y sus familias.
La decisión refleja un reconocimiento importante: el trauma colectivo del 7 de octubre no puede medirse únicamente por el número de muertos, heridos o secuestrados. También debe contemplar a quienes sobrevivieron, pero quedaron detenidos emocionalmente en aquella mañana. Jóvenes que corrieron durante horas, que se escondieron, que vieron morir a amigos, parejas o desconocidos, que esperaron ayuda bajo fuego y que desde entonces intentan reconstruir una vida posible.
Acompañarlos en los próximos años será una responsabilidad del Estado, pero también de la sociedad israelí en su conjunto. La rehabilitación de los sobrevivientes de los festivales del sur no es sólo un programa asistencial: es una forma de preservar la dignidad de quienes fueron atacados por celebrar la vida, la música y la libertad.
El nuevo plan busca precisamente eso: que la memoria de la tragedia no se limite al duelo, sino que se traduzca en cuidado, reparación, continuidad y futuro. Para los sobrevivientes, volver a la vida normal no significa olvidar lo ocurrido. Significa no quedar solos frente a sus consecuencias.
Notas de referencia
[1] The Times of Israel, cobertura sobre el segundo aniversario de la masacre del festival Nova, con referencia a más de 370 personas asesinadas y decenas de secuestrados.
[2] The Times of Israel y The Jerusalem Post, reportes sobre estrés postraumático, crisis emocional y preocupación por riesgo suicida entre sobrevivientes del festival Nova.
[3] Nova Tribe Community Association, organización creada tras la masacre para apoyar la recuperación de sobrevivientes y familias afectadas mediante acompañamiento comunitario, salud mental, resiliencia e integración social.