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Jaime Levit

Parashá Shemot 5786 

“El valor que encierra nuestro nombre como pueblo judío”

El pueblo judío ya estaba completo. No era una familia dispersa ni un recuerdo frágil: era una identidad formada, con memoria, con raíces y con un nombre. Al establecerse en Egipto, no llegaron como extraños sin historia, sino como un pueblo que cargaba consigo un legado, una promesa y una continuidad que trascendía generaciones.

El Faraón no solo escuchó lo que había ocurrido con ellos; percibió lo que representaban. Entendió quizá antes que muchos que un pueblo judío con nombre es un pueblo con futuro. Y eso lo inquietó. No le temía únicamente a su número, sino a su identidad. Por eso comenzaron los decretos: primero los impuestos, luego el sometimiento, y finalmente el intento más brutal de todo el decreto de matar a los bebés varones, no para eliminar cuerpos, sino para borrar el nombre que esos niños heredarían.

Y ahí reside el núcleo de Shemot: cuando todo parece reducirse a números, la Torá insiste en los nombres. Nos recuerda que no somos anónimos, que no somos masa, que no somos solo fuerza de trabajo. Somos un pueblo nombrado. Y ese nombre judío, encierra dignidad, memoria y resistencia.

El exilio comienza cuando se pierde el nombre. La redención empieza cuando se lo recuerda.

Por eso, incluso en la tierra de la opresión, incluso bajo decretos inhumanos, el pueblo judío no dejó de ser llamado por su nombre. Porque mientras un pueblo conserva su nombre, conserva su alma. Y mientras conserva su alma, ningún Faraón puede vencerlo.

El pueblo judío fue esclavizado y posteriormente es cuando Moisés nace marcado por el peligro y la esperanza. Es salvado del agua, criado entre dos mundos, y aun así nunca pierde su raíz. Incluso en la casa del Faraón, su nombre delata su origen: porque del agua lo saqué. No es solo un acto de rescate, es una declaración de identidad. El pueblo judío puede ser sacado del agua, del exilio, de la opresión, pero nunca de su esencia.

Miriam y Yojéved aseguran que Moisés su leche materna es también memoria, pertenencia, continuidad. Años después, esa identidad despierta cuando Moisés no puede ignorar el golpe al hebreo: defender a su hermano es defender su nombre. Huye, sí, pero no se pierde. En Midián aprende a liderar, a cuidar, a escuchar.

En la zarza ardiente, Hashem lo llama no solo como individuo, sino como portador de un pueblo. Moisés duda, tartamudea, se siente pequeño. Pero el mensaje es claro: no se trata de la elocuencia del mensajero, sino de la fuerza del nombre que representa. Israel no es un grupo de esclavos; es un pueblo con promesa.

Cuando Moisés y Aaarón regresan a Egipto y el Faraón endurece su mano, el pueblo se desanima. Pero la historia judía nos enseña que el nombre precede a la redención. Antes de salir de Egipto, Israel ya era Israel.

Porque el valor de nuestro nombre no está en cómo nos llaman otros, sino en cómo seguimos respondiendo, generación tras generación, cuando Hashem y la Historia nos llaman.

¡Shabat Shalom!

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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