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Jaime Levit

Parashá Vaeirá 5786

“El límite del poder absoluto”

Muchas veces, en distintos países, surgen regímenes donde el poder deja de servir y comienza a someter. Sistemas en los que se violan los derechos humanos, donde las personas están obligadas a obedecer sin cuestionar, y en los que pensar distinto se convierte en un delito. No ajustarse a la ideología puede significar persecución, castigos desproporcionados, leyes absurdas y contradictorias, encarcelamientos injustos e incluso la pérdida de la vida.

Estas realidades no pertenecen solo a los libros de historia; son parte del mundo moderno. Sin embargo, no son nuevas.

Algo muy similar ocurrió durante la esclavitud del pueblo judío en Egipto. Bajo el dominio del Faraón, el sistema se volvió opresivo, deshumanizante y cruel. El poder endureció su corazón, impuso decretos irracionales y transformó a un pueblo entero en una amenaza imaginaria. Cuando el régimen teme perder el control, la opresión se convierte en política de Estado.

Vaeirá nos muestra que toda dictadura comienza igual: con miedo, con control y con la negación de la dignidad humana. Y también nos enseña algo más profundo aún: ningún poder que se erige sobre la injusticia puede sostenerse para siempre.

Hashem habló con Moisés para revelarle una verdad fundamental: el poder último no pertenece a los hombres, sino a él. Le aseguró que protegería al pueblo judío y que la esclavitud no sería eterna. Sin embargo, esa promesa debía confrontar al poder terrenal más temido de su tiempo. Por eso, Hashem envió a Moisés ante el Faraón con una exigencia clara: liberar al pueblo judío.

Moisés dudó. Su dificultad para hablar parecía un obstáculo insuperable. Pero Hashem no le pidió perfección, sino obediencia. Se reveló como el Hashem que cumple Sus promesas, el Hashem de la Historia, y le aseguró que el pueblo judío sería rescatado y llevado a la Tierra Prometida. Aun así, cuando Moisés transmitió el mensaje, el pueblo agotado, quebrantado por años de opresión no pudo escucharlo. El sufrimiento había apagado incluso la esperanza.

Finalmente, Moisés y Aarón se presentaron ante el Faraón, símbolo del poder absoluto, de un régimen que no reconoce límites. Aarón arrojó su bastón al suelo y este se transformó en una serpiente. Los magos egipcios imitaron el prodigio, como si el poder humano pudiera equipararse al divino. Pero cuando el bastón de Aarón devoró a los de los magos, quedó claro que no todo poder es igual. Aun así, el Faraón permaneció indiferente. El orgullo no le permitió ver la advertencia.

Las peticiones se repitieron una y otra vez. El Faraón se negó. Entonces comenzó el desmantelamiento de su falsa omnipotencia. El río se convirtió en sangre. Llegaron las ranas, los piojos, las bestias salvajes. Murió el ganado. El polvo se transformó en llagas sobre la piel. El granizo destruyó los campos, y el fuego cayó del cielo mezclado con hielo. Cada plaga era un mensaje: el poder que oprime tiene un límite.

Por un instante, el Faraón pareció reconocer su error. Pero cuando la tormenta cesó, su corazón volvió a endurecerse. Como ocurre con todo poder absoluto, confundió el alivio momentáneo con victoria. No entendió que el verdadero juicio no era la plaga, sino su incapacidad de cambiar.

Vaeirá nos enseña que ningún régimen, por más fuerte que parezca, puede sostenerse cuando niega la dignidad humana y desafía lo divino. El poder absoluto siempre cree que es eterno hasta que descubre su límite.

Ninguna de estas plagas afectó la tierra de Gosén, que era la región de Egipto donde moraba el pueblo judío

¡Shabat Shalom!

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