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Janucá: un milagro de luz que sigue iluminando nuestra historia

En cada generación, los judíos buscamos nuevas maneras de conectar con nuestras tradiciones, especialmente con aquellas festividades que hablan de momentos decisivos en la vida de nuestro pueblo. Janucá, quizá más que ninguna otra, nos invita a encender la luz en medio de la oscuridad y a recordar que la identidad judía está profundamente ligada a la esperanza, la constancia y la fe.

Aunque los años traigan nuevos desafíos, la esencia de Janucá permanece intacta: celebrar el milagro del aceite, un recordatorio de que incluso cuando los recursos parecen agotarse y la incertidumbre nos rodea, la luz de Hashem no nos abandona.

Algunos pensadores modernos nos han recordado que cada generación tiene el derecho —y la responsabilidad— de encontrar en Janucá un mensaje significativo para su tiempo. Es válido preguntarse qué simboliza la luz, cómo mantenerla viva y qué representa para nosotros la dedicación del Templo tras su profanación.

Pero entre todas las interpretaciones, el núcleo de Janucá sigue siendo el milagro: ese aceite puro para un solo día que ardió durante ocho.

Frente a relatos históricos complejos o lecturas seculares de la festividad, Janucá nos devuelve al fundamento esencial de nuestra tradición: la intervención divina, la luz que supera a la oscuridad, la fe que sostiene al pueblo judío.

En un mundo que cambia con rapidez, el milagro del aceite adquiere una relevancia sorprendente:

  • Nos enseña que la escasez no define el destino.
  • Que incluso un poco de pureza, de fe o de esfuerzo personal puede multiplicarse cuando proviene del lugar correcto.
  • Que las pequeñas luces —encendidas con amor, con mitzvot, con estudio, con bondad— tienen la capacidad de transformar entornos enteros.

La tradición nos dice que los Macabeos no se dejaron vencer por la devastación. Buscaron aceite puro, encendieron la luz… y Hashem hizo el resto.

Es una invitación eterna: haz tu parte, enciende tu luz, y permite que el milagro ocurra.

Las luminarias de Janucá son más que velas. Son símbolos vivos:

  • De la continuidad judía, que resiste a la asimilación y a las sombras de cada época.
  • De la dedicación, de rededicar nuestra vida —como los Macabeos el Templo— a lo que es sagrado y valioso.
  • De la responsabilidad moral, de aportar luz en un mundo que a menudo parece envuelto en oscuridad.

Sí, podemos aprender de los debates modernos y de quienes intentan reinterpretar la festividad, pero lo fundamental es mantener la fuerza espiritual del mensaje original: que un pequeño milagro puede cambiar la historia.

Hoy, más que nunca, Janucá nos recuerda que:

  • La luz judía nunca se extingue.
  • La fe supera la incertidumbre.
  • Los milagros siguen presentes en la vida de nuestro pueblo, grandes o pequeños.

Encender la janukía es decirle al mundo —y decirnos a nosotros mismos— que aún en el tiempo más oscuro del año, la luz de Israel brilla con fuerza, guiada por la mano de Hashem y sostenida por la determinación de cada familia judía.

Que este Janucá nos encuentre unidos, orgullosos y agradecidos. Que seamos dignos herederos de quienes encendieron aquella primera llama en un Templo herido, confiando en un milagro que no podían prever. Y que al ver nuestras velas arder, recordemos que cada luz encendida es un acto de fe: una declaración de que la presencia divina nos acompaña, nos protege y nos inspira a iluminar el mundo.

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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