Arvit: 19:15
Shajarit: 9:00
Minja: 18:15
Por Mónica Stempler
Durante los Yamim Noraim, los días que transcurren entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, el judaísmo nos invita a realizar un ejercicio profundamente íntimo: el jeshbón hanéfesh, literalmente, “la contabilidad del alma”.
Así como revisamos nuestras cuentas para saber qué tenemos, qué debemos y qué necesitamos corregir, en estos días hacemos una pausa para observar nuestras palabras, decisiones y silencios. No se trata de castigarnos, sino de mirarnos con honestidad.
Hacer un jeshbón hanéfesh requiere valor. ¿A quién lastimamos, aun sin haberlo deseado? ¿Cuándo permitimos que el orgullo hablara por nosotros? ¿En qué momento dejamos de escuchar o permanecimos callados frente a una injusticia?

Pedir perdón es una parte esencial de este proceso. Una disculpa sincera implica reconocer que nuestras palabras pudieron incomodar o herir, aunque nuestra intención haya sido diferente. Pero revisar el alma también significa reconocer las heridas que nosotros hemos recibido.
La introspección no consiste en asumir toda la culpa ni en negar aquello que fue injusto. Podemos lamentar la forma en que expresamos nuestro dolor sin pedir perdón por haberlo sentido. Perdonar tampoco significa justificar, olvidar o afirmar que lo sucedido estuvo bien.
El jeshbón hanéfesh nos ayuda a separar responsabilidades: asumir aquello que nos corresponde y dejar de cargar con las decisiones, omisiones o faltas de sensibilidad de quienes nos lastimaron.
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También debemos incluir en este balance todo el bien que hemos hecho. ¿Cuánto amor entregamos? ¿A quién acompañamos? ¿Qué construimos con nuestro trabajo? ¿Qué huella dejamos en nuestra familia y en nuestra comunidad? Reconocerlo no es arrogancia, sino gratitud por haber tenido la oportunidad de aportar algo al mundo.
En estos días solemnes, hagamos nuestras cuentas con sinceridad y compasión. Pidamos perdón por aquello que verdaderamente nos corresponde, reconozcamos las injusticias cometidas y también las padecidas, y decidamos qué queremos transformar durante el año que comienza.
Quizá así lleguemos a Yom Kipur un poco más ligeros, no porque hayamos borrado nuestra historia, sino porque tuvimos el valor de mirarla de frente y encontrar en nosotros la fuerza para comenzar nuevamente.