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La voz no se apaga

Avi Meir

Director General de Olamí Ort

En los momentos en que las palabras se agotan y el corazón queda lleno hasta no poder contener nada más, comienza el canto, no como un lenguaje de explicación sino como un lenguaje de presencia, un lenguaje que sostiene en sí mismo dolor, memoria, esperanza y luz al mismo tiempo, sin separarlos y sin intentar ordenarlos.

La Biblia nos enseña que el canto no es únicamente una expresión de alegría, sino una respuesta a la vida misma, muchas veces después del miedo y la angustia. Así ocurre en el Canto del Mar, cuando tras la salvación surge el canto: “Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel…”, un canto que no es solo alegría, sino también memoria del camino y del milagro.

Y junto a ello también surge un canto de alegría, no como una reacción superficial sino como una elección por la vida, como una luz que logra entrar incluso después de la oscuridad, como el llamado: “Servid a Dios con alegría…”, un canto que eleva al ser humano y le recuerda su capacidad de vivir, de emocionarse, de iluminar.

Dentro de este espacio aparece también un canto de santidad, un canto que no es solo sonido sino encuentro, como el canto de los sacerdotes en el Templo, un canto que conecta al ser humano con algo más grande que él mismo, entre la tierra y el cielo, entre lo cotidiano y lo eterno.

Y dentro de todas estas formas de canto, vive también el canto de Iara z”l, un canto que no pertenece a un solo momento, sino que se mueve entre momentos, entre memoria y alegría, entre dolor y luz, entre ceremonias y la vida misma.

Un canto de memoria para los soldados, una voz que puede cargar una historia entera. Un canto de independencia, una voz que llenaba el espacio y alegraba a todos, una voz que lograba tocar a cada persona de una manera distinta y al mismo tiempo unirlos en un mismo instante, en una misma sensación de vida compartida.

Y su canto en Bet El, que contenía algo de santidad, de pureza, de precisión, como los sacerdotes en el Templo, un canto que no era sólo ejecución sino presencia, que no era solo sonido sino significado y plegaria.

Iara no solo cantaba, sino que creaba un puente entre el dolor y la esperanza, entre la memoria y la vida, entre la persona y sí misma y entre las personas entre sí, un puente que no se construía con palabras sino con la voz, con la respiración, con la presencia.

Porque una voz que toca el alma no se apaga, sino que permanece en el corazón, en la memoria, en la vida que sigue llevándola en el recuerdo, incluso en el silencio.

La voz de Iara no se apaga.

El colegio Olami ORT agradece profundamente la forma en que lograste conectar a los alumnos con la memoria, con la alegría y con la dimensión espiritual a través de tu canto.

Dedicado a la voz pura como la de un ruiseñor, de Iara litvak  z”l, que permanece resonando en los corazones.

Kehila Ashkenazi, A.C. Todos los derechos reservados.
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