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A cien años de su existencia, el Panteón de Constituyentes de la Kehilá Ashkenazí no es únicamente un espacio físico. Es un testimonio vivo de historia, pertenencia y continuidad. En sus senderos, en sus lápidas y en sus silencios descansa una parte esencial de la memoria judía ashkenazí en México: la de quienes llegaron a este país buscando un nuevo comienzo, construyeron hogares, levantaron instituciones y sembraron las bases de la comunidad que hoy somos.
Para aquellos primeros inmigrantes, contar con un Bet Hajaim propio fue una necesidad profunda. No se trataba sólo de obtener un terreno, sino de asegurar un lugar digno donde despedir a sus seres queridos conforme a su tradición, su identidad y su fe. Lograrlo implicó esfuerzo, organización, solidaridad y visión comunitaria. Fue, desde el inicio, un acto de responsabilidad colectiva.
Hoy, un siglo después, ese compromiso nos toca a nosotros.
Cuidar el Panteón es mucho más que mantener tumbas en buen estado. Es preservar un legado. Es reconocer que la memoria no se conserva sola; necesita manos, conciencia, corresponsabilidad y apoyo. Cada sepultura representa una historia familiar, pero también forma parte de una historia mayor: la de una comunidad que encontró en México un lugar para vivir, crecer, aportar y trascender.
La Kehile se propuso este año recuperarlo y restaurarlo y lo estamos llevando a cabo gracias a una maravillosa donación, sin embargo, reiteramos el compromiso de todos en el mantenimiento del Panteón que debe entenderse como un deber solidario. No como una obligación aislada, sino como una forma de respeto hacia quienes nos precedieron y como una responsabilidad frente a quienes vendrán después. Las nuevas generaciones merecen conocer este espacio, recorrerlo, comprenderlo y encontrar en él una raíz de identidad.
Preservar el Panteón es honrar el pasado, pero también construir futuro. Es afirmar que nuestra historia importa, que nuestros nombres, nuestras familias y nuestras raíces siguen formando parte de una misma memoria. En sus cien años, el llamado es claro: cuidemos juntos este patrimonio comunitario, porque cada contribución ayuda a conservar no sólo un lugar, sino un siglo de vida judía en México.
La memoria nos une. El compromiso la preserva.