Arvit: 19:15
Shajarit: 9:00
Minja: 18:15
Por: Carlos Glatt
Este año no puedo vivir el Seder igual.
Son tradiciones milenarias, repetidas generación tras generación, pero hoy las necesito reinterpretar para poder sentirlas de verdad. Para que no sean memoria lejana, sino reflejo de lo que estamos viviendo.
Porque este año, la libertad no es una idea. Es algo que está en juego.
Y cada elemento de la mesa… se ve distinto.
El jaroset siempre representó el mortero con el que nuestros antepasados construyeron en la esclavitud.
Hoy, inevitablemente, pienso en otra cosa.
En los edificios destruidos por los cohetes.
En las ciudades heridas.
En todo lo que va a haber que volver a levantar.
Ya no como esclavos… sino como un pueblo que, una vez más, tendrá que reconstruir.
Las tres matzot siempre han estado ahí, silenciosas, ordenadas.
Hoy las veo como un espejo incómodo.
El que apoya sin cuestionar.
El que critica todo.
Y el que ya no sabe qué pensar.
Tres formas de estar frente a Israel… y ninguna es simple.
Las cuatro preguntas, el momento de cuestionar, de incomodar.
Pero este año las preguntas son otras, más duras:
1. El que presume su judaísmo, aunque eso lo exponga.
2. El que lo esconde, por miedo.
3. El que duda, porque el mundo se volvió demasiado complejo.
4. El que no sabe dónde pararse… y por eso se aleja del judaísmo.
El maror, el amargo, siempre fue un símbolo.
Hoy no lo es.
El amargo está en las noticias, en las imágenes, en los nombres.
En los soldados en el frente.
En las familias corriendo a los miclads.
En una tensión constante que no se apaga.
El karpás, que mojamos en agua salada, eran lágrimas.
Hoy esas lágrimas son reales.
Son de angustia, de impotencia, de cansancio.
Pero también son de una resistencia silenciosa que no se rompe.
El hueso en la mesa, recuerdo de lo que se sacrificaba.
Hoy pienso en quienes están poniendo el cuerpo.
En los soldados que no están en la mesa.
En los que están defendiendo la posibilidad de que otros sí podamos sentarnos.
El huevo, símbolo de ciclo, de continuidad.
Y en medio de todo, eso sigue intacto.
La capacidad de seguir.
De volver a empezar, incluso cuando no hay certezas.
El gefilte fish, los kneidlaj, la comida que viene de generaciones anteriores.
Europa, una relación compleja.
Lugares que a veces nos abrazaron… y a veces nos expulsaron.
Países que un día nos integran y otro día nos señalan.
Como España, Francia, que son hogar… y también ruptura.
Y aun así, esa memoria está en la mesa.
Porque de ahí venimos. (Algunos)
El afikoman, lo que se esconde y aparece después.
Como si siempre hubiera algo que no entendemos en el momento.
Partes de la historia que solo se revelan más tarde.
Y, de alguna manera, siempre pasa lo mismo:
cuando parece que todo está perdido… alguien aparece, algo cambia, y seguimos.
Los judíos tenemos esa historia repetida una y otra vez.
La copa de Eliahu Hanavi, servida en cada mesa.
Una silla que nadie ocupa… pero que todos esperamos.
Hoy la veo distinto.
No como un símbolo lejano, sino como una esperanza concreta.
La espera de una paz duradera.
Una paz real.
De esas que no se rompen al día siguiente.
Y lo impresionante es que, en cada Seder del mundo, esa copa está servida. Como si todo un pueblo, al mismo tiempo, estuviera esperando lo mismo. En Israel y en la diáspora.
Y el vino, las copas, la celebración.
Que este año no se siente igual.
Pero sigue estando. Porque a pesar de todo… seguimos sentados en la mesa.
Y eso no es menor.
Reinterpretar el Seder hoy no es romper la tradición. Es hacerla real.
Es entender que la historia no se quedó atrás. Que nos está atravesando ahora.
Y que la libertad, esa de la que hablamos cada año, no es un recuerdo.
Es una responsabilidad.
Y también… una suerte.
La de poder seguir viviendo.
La de poder seguir siendo.
Feliz y kosher Pesaj (Peisaj)
Am Israel Jai.