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Una singular sinagoga parece desafiar las leyes de la arquitectura este verano en Venecia. Sobre las aguas de la laguna, cerca del Arsenal y de algunos de los espacios más importantes de la Bienal, permanece suspendida Nabatele, una monumental escultura inflable de 12 metros de altura que utiliza helio para mantenerse en el aire.
La obra fue creada por la artista y arquitecta ucraniana Anna Kamyshan, radicada en Londres, quien tomó como referencia las antiguas sinagogas de madera que alguna vez formaron parte de los shtetls de Europa del Este. Su presencia en Venecia adquiere un significado especial debido a la propia historia de la ciudad: siglos atrás, los templos judíos debían permanecer ocultos detrás de fachadas comunes y no podían distinguirse desde el exterior.
En esta ocasión, la artista decidió hacer exactamente lo contrario. La sinagoga está a la vista y, además, no tiene un lugar fijo sobre el cual asentarse. Para Kamyshan, esa característica representa la experiencia histórica de un pueblo marcado por los desplazamientos y la búsqueda constante de un hogar.
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La historia personal de la creadora también está estrechamente ligada al significado de la pieza. Cuando tenía 11 años descubrió sus raíces judías, una identidad que su familia había mantenido en secreto. Su abuelo, sobreviviente de la masacre de Drobitsky Yar, en las cercanías de Járkov, había ocultado su origen y cambiado de nombre para protegerse. Durante años guardó silencio sobre aquella parte de su vida, hasta que un viaje de su hijo a Israel propició que finalmente hablara de su pasado.
Nabatele también establece un vínculo con un trabajo audiovisual anterior de Kamyshan, en el que una sinagoga suspendida recorría distintas ciudades del mundo, entre ellas Londres, Nueva York, Varsovia, Berlín, Jerusalén y Odesa. El nuevo proyecto retoma esa imagen para reflexionar sobre la movilidad, la memoria y la desaparición de comunidades judías durante el Holocausto.

Foto: IG / anna_kamyshan
La instalación permanecerá en Venecia hasta mediados de septiembre y requiere vigilancia permanente para proteger la estructura y garantizar que continúe suspendida. Mientras tanto, distintas instituciones judías de otros países ya han mostrado interés en recibirla después de su paso por Italia.
Entre el arte contemporáneo y la memoria histórica, la enorme sinagoga flotante se ha convertido así en una imagen difícil de ignorar: un templo sin cimientos que, precisamente por no pertenecer a un lugar concreto, busca hablar de una historia marcada por el desplazamiento y reivindicar una presencia que durante siglos tuvo que permanecer escondida.