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Mucho antes de que existieran los teléfonos inteligentes y las notificaciones capaces de llenar de información los primeros segundos de nuestra mañana, la tradición judía ya proponía una manera distinta de comenzar el día: agradecer.
Al despertar, una de las primeras plegarias que se acostumbra recitar es Modé Aní, una breve expresión de reconocimiento por haber recibido nuevamente el regalo de la vida. Su sencillez es precisamente una de sus mayores virtudes: no hace falta levantarse de la cama, encender una luz ni realizar ningún ritual complicado. Basta con abrir los ojos y pronunciar unas palabras de agradecimiento.

La plegaria comienza con Modé Aní Lefaneja, una expresión que puede entenderse como “te doy gracias” o “agradecido estoy ante Ti”. Hay un detalle que resulta especialmente interesante: la frase coloca la gratitud antes que el “yo”. Es una pequeña enseñanza sobre la manera de relacionarnos con el mundo desde el primer instante del día.
La idea contrasta bastante con una costumbre moderna: tomar el teléfono apenas despertamos. En cuestión de segundos podemos pasar de la tranquilidad del sueño a revisar mensajes, noticias, correos, pendientes laborales o publicaciones en redes sociales. Sin darnos cuenta, permitimos que las prioridades y preocupaciones de otras personas sean las primeras que ocupen nuestra atención.
Modé Aní propone exactamente lo contrario. Antes de responderle al mundo, detenerse un momento para reconocer que estamos aquí.

Ese instante puede convertirse en una pausa significativa. En lugar de comenzar la jornada reaccionando ante todo lo que aparece en una pantalla, podemos reservar unos segundos para pensar qué agradecemos, qué queremos cuidar durante el día o con qué actitud deseamos enfrentar lo que venga.
No se trata de convertir una antigua plegaria en una simple técnica de productividad. Para la tradición judía, su significado es mucho más profundo: agradecer a Dios por haber devuelto el alma después del descanso nocturno y reconocer la posibilidad de comenzar nuevamente.
Incluso quienes no practican esta tradición pueden encontrar valor en la idea que contiene. El primer pensamiento de la mañana no tiene por qué ser una preocupación, una obligación o una notificación. También puede ser un agradecimiento.