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El mahjong se reinventa y une a nuevas generaciones judías

Durante décadas, el sonido de las fichas de mahjong sobre la mesa estuvo ligado, para muchas familias judías, a las reuniones de madres, abuelas y amigas. Sin embargo, esa imagen está cambiando. Cada vez más adolescentes y jóvenes se acercan al tradicional juego de origen chino, atraídos tanto por el desafío de su estrategia como por una característica que hoy resulta especialmente valiosa: permite reunirse y conversar cara a cara, lejos de las pantallas.

El mahjong llegó a Estados Unidos desde China y adquirió una particular presencia dentro de las comunidades judías durante el siglo XX. Durante años fue considerado un pasatiempo principalmente femenino y asociado con generaciones mayores. Ahora comienza a ocupar nuevos espacios, desde sinagogas y centros comunitarios hasta universidades, escuelas y campamentos de verano.

El interés juvenil ha sido evidente para quienes se dedican a enseñar y promover el juego. Dara Collins y Donna Kassman, creadoras de Modern Mahjong, han observado cómo sus cursos dejaron de concentrarse exclusivamente en adultos. Actualmente también reciben estudiantes de preparatoria y universitarios interesados en aprender las reglas y formar sus propios grupos.

Una de las razones de este fenómeno parece estar fuera del tablero. Para muchos jóvenes, sentarse alrededor de una mesa con otras tres personas representa una oportunidad poco habitual para conversar sin la interrupción constante del celular. El juego combina concentración, competencia y convivencia, pero también funciona como un punto de encuentro entre personas de distintas edades.

Los jóvenes se acercan a los juegos de mesa

Esa experiencia ha llevado a jóvenes como Louisa Gordon, de Nueva Jersey, a cambiar por completo su percepción del mahjong. Lo que inicialmente consideraba un juego propio de las abuelas terminó convirtiéndose en una actividad habitual con sus amigas. Para ella, una parte importante de su atractivo está precisamente en poder convivir sin depender del teléfono.

La dimensión familiar también explica parte del renovado interés. Sarah Shlefstein, una joven de Nueva York, decidió aprender porque quería compartir partidas con su abuela, su madre y su hermana. Aunque al principio las reglas le parecieron complicadas, pronto descubrió el componente competitivo y la variedad que ofrece cada partida.

El fenómeno incluso ha llegado a los campamentos judíos. En el campamento URJ Harlam, en Pensilvania, el mahjong comenzó como una de las actividades que los niños podían elegir libremente durante su tiempo de descanso. La respuesta fue mucho mayor de lo esperado: varias mesas llegaron a reunirse al mismo tiempo y, posteriormente, los propios campistas comenzaron a buscar momentos adicionales para jugar.

La actividad también rompió algunas ideas tradicionales sobre quién debería participar. Los responsables del campamento procuraron dejar claro que no se trata de un juego reservado para niñas o mujeres, sino de una actividad abierta a todos. Algunos monitores se involucraron y varios campistas incluso comenzaron a guardar juegos en sus propias literas para continuar las partidas.

Para quienes trabajan con estos jóvenes, uno de los aspectos más interesantes es que el aprendizaje no necesariamente termina en el campamento. La expectativa es que los participantes lleven el juego a sus hogares y puedan compartirlo con padres, abuelos y otros familiares.

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En qué consiste el juego de mahjong

El juego consiste, en términos generales, en que cuatro participantes toman y descartan fichas para intentar completar una combinación válida. En Estados Unidos, muchas partidas siguen las manos establecidas en las tarjetas que la Liga Nacional de Mah Jongg actualiza cada año, lo que añade un elemento de renovación al juego.

Para Soussan, esa actualización anual contribuye a mantener el desafío. Además, considera que la creciente presencia de jugadores jóvenes está modificando la antigua percepción del mahjong como una actividad exclusiva de personas mayores.

La experiencia de Talia Rosen, estudiante de Tufts, apunta en la misma dirección. Al principio esperaba encontrarse con un juego complicado y poco entretenido, pero terminó descubriendo una actividad que también le permitió relacionarse con adultos mayores de su comunidad judía. El mahjong, en su caso, se convirtió en un punto de conexión entre generaciones que difícilmente habrían coincidido de otra manera.

Un juego para toda la familia

Las historias de madres, hijas y abuelos alrededor de una misma mesa se repiten en distintas comunidades. Jill Zoccoli, instructora de Long Island, ha visto cómo algunas de sus alumnas comenzaron a llevar a sus hijas a las clases. Una vez que aprendieron, varias familias empezaron a jugar juntas semanalmente, incluyendo a padres y abuelos.

Para Zoccoli, esa capacidad de reunir a personas que de otro modo quizá pasarían menos tiempo juntas es una de las mayores virtudes del juego. Su experiencia como instructora también demuestra que la edad no es una barrera para aprender.

Así, el mahjong parece estar atravesando una nueva etapa en Estados Unidos. Sin dejar atrás su vínculo con las generaciones que lo convirtieron en una tradición familiar, el juego está encontrando nuevos seguidores entre adolescentes y adultos jóvenes. Más que recuperar simplemente un pasatiempo antiguo, estas nuevas partidas están creando espacios de convivencia, competencia y diálogo entre generaciones.

En una época marcada por la comunicación digital, el regreso de las fichas a la mesa tiene un atractivo sencillo: obliga a detenerse, mirar a los demás jugadores y compartir un mismo momento. Y quizá esa sea la razón por la que un juego que muchos jóvenes alguna vez consideraron “de abuelas” está encontrando ahora un lugar propio entre ellos.

Fuente: Jewish Telegraphic Agency

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